Editorial / OCTUBRE 17 DE 2021

Lo del calamar no es un juego

La violenta serie de Netflix puede ser considerada la realidad actuada de millones de personas en cientos de países.

Lo del calamar no es un juego

Por estos días la serie coreana El Juego del Calamar, disponible en Netflix, ocupa el primer lugar de lo más visto en esa plataforma de videos por demanda. Sí, es una serie violenta y sangrienta, no apta para niños ni preadolescentes, que expone lo que a juicio de muchos sucede en el país asiático. En torno a la pobreza, explotación de migrantes, misoginia, emigrantes de Corea del Norte y corrupción, se escribió el guion y se perfilaron los personajes de este comentado y polémico seriado audiovisual que ha batido récords de audiencia en más de cien países, incluida las cifras de reproducción en Colombia.

Más allá de cualquier reparo, que le caben muchos, por la calidad de las actuaciones y lo inverosímil de algunas acciones, la serie aludida aborda lo que puede considerarse el día a día en gran parte del planeta. Es una serie de ficción, eso no se puede olvidar mientras se ven los diferentes capítulos, pero, si el espectador le quita las transiciones de tiempo, las locaciones y el vestuario, se enfrentará, probablemente, a situaciones que le resultarán bastante familiares porque ya las habrá visto en algún noticiero o periódico, las habrá presenciado o las habrá protagonizado.

En El Juego del Calamar se matan por dinero y para sobrevivir entre personas acorraladas por las deudas económicas mientras un poderoso provoca y patrocina la tragedia. Quienes lo hacen, antes de ser tentados por un jugoso botín económico con el que buscan resolver una vida que consideran perdida, son mostrados como seres preocupados por su familia, con ilusiones, conformes y resignados con su vida y sus problemas, con defectos pero no violentos aunque al final se conviertan en criminales para ganar varios fajos de billetes.

Entre varios personajes de la serie tres perfiles: un padre de familia con deudas a prestamistas y al banco, angustiado por una madre enferma a la que no puede pagarle un tratamiento médico, enamorado de su hija a la que no puede comprarle un regalo de cumpleaños y separado de quien tiene la custodia de su pequeña y quiere llevarla  a vivir a otro país; un inmigrante paquistaní, explotado por un jefe coreano, con deudas y quien tiene que separarse de su esposa y recién nacido hijo porque no tiene con como prodigarles techo y alimentación; un profesional de la administración que por malas decisiones le generó millonarias pérdidas a la empresa, buscado por la Policía, hijo de una humilde vendedora de pescado que ignora el fracaso de su primogénito a quien en cambio considera un ciudadano ejemplar.

Sí, en la serie de marras matan para ganar dinero, pero eso no es ficción, pasa en Corea del Sur y en el resto del planeta; sí, en El Juego del Calamar lo más importante no es tener una hija o una madre incondicional o una familia solidaria sino dinero, tal como piensan millones de personas alrededor del mundo y por eso terminan tomando decisiones equivocadas; sí, en el taquillero y comentado seriado oriental aparecen enjaulados los más pobres del sistema, peleando entre sí por un plato de comida, poniéndole precio a su vida y a la de los demás y normalizando los actos criminales, tal como también pasa en Latinoamérica. Por eso, El Juego del Calamar no es un juego ni tampoco ficción, es el mundo que se ha venido construyendo.

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