Editorial / SEPTIEMBRE 23 DE 2021

Militares en las calles

Ver militares en el centro de las ciudades o en un barrio no disminuye los hechos criminales, los aplaza o los desplaza a lugares no militarizados. 

Militares en las calles

Vuelve, nuevamente, a ponerse en boca de muchos la conversación sobre la posibilidad de militarizar las ciudades. Otra vez se discute sobre la conveniencia de pedir apoyo al Ejército para tratar de controlar el alterado orden público en buena parte del territorio y frenar la creciente ola de actos delictivos. Argumentando un considerable aumento de hechos violentos y escasez de unidades de Policía, se revive la opción para que los ejecutivos locales autoricen el patrullaje de soldados por las calles, avenidas y carreras de las ciudades.  

Está muy bien que ocasionalmente y para tareas específicas el Ejército apoye las labores de la Policía y de manera coordinada realicen operaciones conjuntas entre los dos cuerpos armados para garantizar el orden de un territorio. La duda es si resulta conveniente, necesario y útil la presencia permanente de miembros del Ejército en los centros urbanos poblados. Tal vez pedir apoyo al Ejército sea el camino corto para no pasar por la necesaria reforma a la justicia en donde sí podrían encontrarse soluciones de fondo a la rampante conducta criminal. 

Militarizar un barrio no elimina las conductas delictivas, las aplaza. La tranquilidad durará el tiempo que se advierta la presencia de los hombres de camuflado, pero, una vez idos de los lugares asignados, el crimen regresará, tal vez, con mayor fuerza. Eso es lo que ha pasado, y ha sido documentado, en otras partes del país en donde han acudido a los militares para brindar seguridad. Militarizar no deja de ser una opción más efectista que efectiva. Para los ciudadanos, ver hombres armados en las calles les puede significar una sensación de mayor seguridad, aunque los actos delictivos no disminuyan. 

Hay que entender la angustia de alcaldes cuyos territorios han sido sitiados por grupos delincuenciales organizados que saben que ante una captura tienen más posibilidades de quedar nuevamente en libertad que ir a una prisión. Por eso solicitar la presencia de militares, para los ejecutivos locales, es una forma de responder al clamor de justicia y seguridad de la ciudadanía. Pero, de nuevo, esos serán paños de agua tibia. La medicina efectiva, puede ser, un coctel de más pie de fuerza, justicia, inversión en programas sociales, calidad en la educación, generación de empleo, tecnología y menos negligencia y complicidad con los delincuentes por parte de quienes administran justicia. 

Mientras quien delinque siga creyendo, porque así está pasando, que la impunidad es lo normal y el castigo lo inusual, no habrá forma de frenar los hechos criminales. Todos los días el país asiste a casos que desbordan cualquier lógica, que afectan la de por sí desvalorizada credibilidad en la administración de justicia y en la colaboración con la misma, que le abren campo a la idea de la defensa por mano propia y que aúpan la idea de militarizar las zonas urbanas, aunque esa no sea la solución de fondo ni la menos inteligente para tanta y tantas formas de violencia; es sí, una reacción inmediata, popular y políticamente rentable.


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