Editorial / NOVIEMBRE 22 DE 2020

Minuto de silencio

Pausa en este vertiginoso viaje diario de informar y opinar para despedir como se debe a Iván Parra Díaz, un grande de la radio nacional. 
 

Minuto de silencio

No fue profeta en su tierra porque estaba destinado a brillar con luz propia en las grandes ligas de la radio nacional de Colombia. Contaba con gracia que pocas veces se vistió de luces y que corría más que los toros que intentaba lidiar. Tal vez por eso se dio cuenta de que lo suyo era contar lo que pasaba en el ruedo y lo hizo con lujo de detalles hasta la última feria taurina que transmitió a través de RCN desde el callejón de la monumental de Manizales. Este año no estuvo en el palco de transmisión de la Santamaría, su voz ya se estaba despidiendo, tras  una larga lucha le tocaron los tres avisos a Parrita ayer sábado en la mañana y hoy descansa en paz.

De su natal Armenia recordaba sus años mozos en una casa junto al parque Sucre. Hasta la última entrevista concedida reconoció que el primer micrófono se lo brindó Henry Pineda en la Voz de Armenia por allá a mediados de los setenta. Lo que vendría después sería una vertiginosa y laureada carrera en la radio colombiana, primero en Todelar, luego en Caracol, que fue su casa por más de dos décadas, y los últimos diez años de su vida profesional compartiendo el dial de RCN con su hermano Julián y con Alberto Lopera, otro maestro de la narración taurina. En Caracol hizo dupla con Ramón Ospina y con Guillermo Rodríguez.

A los sesenta y cuatro años se fue Parrita. Un quindiano que hace parte de la dorada lista de la locución y la radio colombiana. Siempre culto, versátil y con una cálida y bien manejada voz, el hijo de Bernardo, profesor de derecho penal, se convirtió en un auténtico maestro de la radio. Dirigió con calidad varios de los programas radiales más escuchados de Caracol, como Hola buenos días, Pase la tarde y La ventana. Incursionó con éxito en televisión y con su revista La Faena abrió la puerta grande del periodismo taurino.

Dejó de vestirse de luces después de que el veintinueve de octubre de 1975 un novillo de Ernesto Gutiérrez, como contaba Iván, hubiera bailado flamenco sobre él y entonces se dio cuenta de que era más fácil criticar que ponerse delante de los toros. Afirmaba que su maestro fue Paco Luna, otro de los grandes, como grandes fueron José Pardo Llada, Vicente Gallego Blanco y Eduardo de Vengoechea, con quienes alternó numerosas faenas periodísticas en el país. Desde Europa y para Colombia compartió cartel con los españoles José Luis Carabias y Manolo Molés, quien fue su amigo y compañero de trabajo por varios lustros. 

Pese a sus complicaciones renales estuvo en la brega periodística hasta último momento. En Manizales, ciudad que lo valoró, lo respetó y le rindió un cálido homenaje, se despidió, sin saberlo, de las transmisiones radiales. No presumía de los galones que con méritos había acumulado como periodista, pasaba incluso por tímido pero cuando estaba al aire era sencillamente arrollador. Lo suyo era sin duda el buen uso de la palabra, podía sostener sin ningún problema y sin producir bostezos una transmisión periodística. Podía conversar casi de todo porque casi de todo sabía. 

Sus seres queridos y amigos más cercanos sabían, como él, que el final estaba cerca, pero cuando lo que se veía venir fue una realidad ayer, afloró la nostalgia por que ido Iván se sigue agotando la nómina de prodigiosas voces que le dieron tanto brillo e importancia a la radio colombiana. Paz en su tumba y un abrazo solidario a su esposa Patricia, a su hija Alejandra, a su hermano Julián y en Armenia a su tío el buen Mincho.

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