Editorial / MAYO 05 DE 2021

No todos 

Lo ganado en las calles por la gran movilización nacional es la victoria de los argumentos y la unión, no el triunfo de algunos criminales que se metieron en una lucha que no entienden ni quieren entender.  

No todos 

La gran mayoría de quienes hoy son rotulados como asesinos, por el hecho de pertenecer a una institución armada de la que han hecho parte hombres que se han equivocado en el ejercicio de sus funciones, de seguro están de acuerdo con la causa que ha motivado la protesta colectiva en el país. Si no tuvieran el uniforme puesto, lo más probable es que estarían marchando para reclamarle al ejecutivo nacional por ese conjunto de desaciertos que han contribuido a aumentar la desigualdad social y económica en Colombia.  

Cuando se quitan el uniforme, quienes hoy están en las calles recibiendo órdenes, son padres de familia, esposos, hijos y hermanos, eso no se puede olvidar. Claro, algunos de ellos han disparado cuando no lo han tenido que hacer y han matado y herido a civiles sin que haya estado en riesgo su propia vida o la de algún compañero, y deben pagar por ello. También quienes han utilizado el uniforme verde oliva como escudo para delinquir tienen que ser condenados y sobre sus hombros tiene que caer todo el peso de la ley que ellos alguna vez juraron cumplir.    

Si en algo hay consenso en el país es en las causas que motivaron a que el pueblo saliera esta vez a marchar, lástima que en las movilizaciones se hayan infiltrado delincuentes fletados que tienen como misión afectar la dignidad del movimiento social, hoy más vivo que nunca, y atizar ese odio que hoy tiene a los colombianos matándose entre ellos, mientras quienes dan las órdenes, de un lado y del otro, continúan como espectadores, frotándose las manos.    

Hoy tras las rejas están varios de los uniformados que fueron vencidos en juicio como autores materiales de los más de 6.000 falsos positivos ocurridos durante diez años en Colombia, pero quienes dieron las órdenes siguen sin responder por ello y planeando nuevas formas de acabar con el país. Ya van siete días de justas protestas e injustificables actos vandálicos patrocinados por quienes son más hábiles en ordenar que en dar la cara. Ojalá que el de hoy sea un día de movilizaciones pacíficas y que no haya espacio para quienes dan las órdenes de acudir siempre y primero a la violencia para llamar la atención.  

Qué responsabilidad les cabe por las equivocaciones del ejecutivo y el legislativo a los cientos de comerciantes que lo perdieron todo por los saqueos ocurridos durante estos días de protestas, o al policía que hoy se debate entre la vida y la muerte porque fue apuñalado ocho veces, o al grupo de policías mujeres atacadas con piedras por decenas de manifestantes, o a la madre que perdió su bebé dentro de una ambulancia en la que le tuvieron que atender el parto porque los bloqueos no dejaron llegar el vehículo médico al hospital. La respuesta es simple: ninguna.  

Hay que apartar esta movilización de los señalamientos y las acusaciones infundadas, de los mensajes de odio en las redes sociales y, sobre todo, de la estigmatización. A los jóvenes que están reclamando no los pueden tildar de delincuentes porque tengan el pelo largo, griten con rabia que el país necesita un cambio, rayen una pared, carguen una mochila o se cubran el rostro; a los policías no los pueden atacar e intentar matar por los excesos que otros hayan cometido, ellos están en las calles porque es su deber, ni siquiera votaron por quienes hoy son sus jefes y de seguro ven en los rostros beligerantes de quienes los insultan, a sus propios hijos; y a los medios de comunicación no los pueden calificar de patrocinados por el gobierno cuando muestren que también la alteración del orden público ha hecho parte de esta revolución social.  

Si hoy se abre la puerta de una gran conversación nacional es porque el movimiento social ha resistido y el clamor por un cambio es mayoritario, no porque varios delincuentes hayan salido a saquear almacenes, destruir locales comerciales, quemar buses, tumbar semáforos o querer matar a quienes eligieron ser policías y cumplen bien su labor.  

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