Editorial / ENERO 25 DE 2021

Otra vez 25 de enero

El problema no es la posibilidad de otro sismo destructor, la destrucción no ha parado y no precisamente porque la tierra se mueva sino por la voracidad y desorden con la que se mueve el hombre.
 

Otra vez 25 de enero

Más allá de la pausa a la que obliga esta fecha, por la inconmensurable tristeza que produjo en miles de personas, no puede ser que cada 25 de enero se convierta solo en un día de críticas por lo que no se hizo bien, de reflexiones sobre las secuelas de la tragedia que se quedan en frases hechas, y de condecoraciones. Corre el riesgo este día, como en efecto parece haber ocurrido, en volverse paisaje y que solo cumpla con retrotraer el dolor que se vivió aquel día de enero y durante los meses siguientes.

¿Cuál es la diferencia entre este 25 de enero y el del año anterior? ¿Qué de lo criticado hace un año se corrigió y qué de lo propuesto se realizó? Pareciera ser que los males van en aumento, que ninguno de los excesos cometidos por el hombre se ha frenado y que este territorio sigue vulnerable, no solo por la amenaza cierta que supone habitar un territorio abrazado por múltiples fallas geológicas, sino por la equivocada concepción de desarrollo que han tenido los ejecutivos de turno.

Bueno sería dejar de pensar que la mayor amenaza para el territorio es la posibilidad de ocurrencia de un sismo de igual o mayor magnitud e igual o menor profundidad al ocurrido hace 22 años. Hay otras amenazas, urgentes de atender, que desde hace varios años vienen sacudiendo la tierra y que también están generando destrucción, no toda en un solo sacudón como ocurrió aquel 25 de enero, pero destrucción al fin y al cabo y lo que es peor, a cuentagotas y ante la mirada pasiva y cómplice de quienes sí pueden hacer algo para evitar o atenuar el daño.

Solo un alcalde ha puesto en su agenda la defensa del territorio, la planificación ordenada del crecimiento urbano, la vida en todas sus manifestaciones como el centro del desarrollo y la protección del paisaje y del recurso hídrico, y no lo dejaron terminar su mandato. Para los demás, los que lo antecedieron y los que hasta ahora han gobernado después, la planificación del territorio no ha provocado ninguna acción real y contundente y, por el contrario, se ha venido perdiendo el terreno ganado.

Armenia sigue un crecimiento descontrolado; poco o nada parece haber hoy en la agenda colectiva para, por ejemplo, garantizar a futuro el suministro en calidad, continuidad y cantidad de agua para quienes siguen llegando a aumentar el censo poblacional y, tampoco, parece haber una solución real a corto plazo para incrementar el porcentaje de conducción y tratamiento de aguas usadas. Hay otros fenómenos, como los deslizamientos y la contaminación, que también están generando destrucción y ante los cuales tampoco se ha hecho mayor cosa. La lista sigue.

Mañana, cuando ya la noticia no sea la conmemoración de un año más de la ocurrencia del terremoto de 1999, y las ofrendas a las víctimas y exaltaciones a los héroes y sobrevivientes ya hayan pasado a un segundo plano, y los decretos y resoluciones se guarden hasta dentro de un año cuando se desempolven para cambiarles el nombre del destinatario, los dirigentes de esta ciudad volverán a su agenda particular, creyendo equivocadamente, durante otro año, que es un terremoto la mayor amenaza de este territorio y encogiéndose de hombros ante la lucrativa destrucción cotidiana de este tesoro natural.

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