Editorial / MARZO 03 DE 2021

Papel higiénico y termómetros

La lección que tiene que quedar de esta emergencia no es la que tome el gobierno, es personal y es lo único que permitirá sobrevivir a nuevos males.

Papel higiénico y termómetros

Recién se decretó el confinamiento obligatorio en el territorio nacional, quienes tuvieron recursos económicos disponibles se fueron en masa a los supermercados con el objetivo de vaciar las góndolas. Cundió el pánico, la zozobra expuso lo peor de la condición humana; hubo acaparamiento, agresividad y poca cordura por parte de los compradores en los negocios de abastos. Curiosamente, uno de los productos que más tuvieron que surtir fue el papel higiénico; quedará para la historia, amén del caos que se formó y las largas filas en tiendas de abarrotes, ese anecdótico detalle.


Se habló de desabastecimiento, pero eso no sucedió; las empresas de licores aprovecharon para producir alcohol antiséptico, que también escaseó y se encareció; los tapabocas subieron de precio, tuvieron que ser declarados como artículos de primera necesidad por el gobierno nacional; en algunos supermercados restringieron la venta de huevos a un panal por persona, igual pasó con el atún, con el arroz y con el aceite, entre otros productos. Fueron días propios a lo que parecía ser la llegada del fin, el cerebro reptil aplastó las emociones y la razón.


Sobre todo porque la pandemia superó cualquier posibilidad de reacción, ni siquiera la nación más poderosa se escapó de los palos de ciego; pero la emergencia de salud demostró la debilidad de la institucionalidad colombiana. El miedo fue el norte para los colombianos porque los poderes ejecutivo, legislativo y judicial han ido en franca decadencia, los ciudadanos no se sienten abrigados por el gobierno, por el contrario, le huyen y desconfían de casi todo lo que dice. También por eso la desinformación reinó, se le restó importancia al virus, se desestimaron las medidas de autocuidado y ahora no hay confianza plena en el plan de vacunación.


Pasada la etapa más crítica y con el ánimo de reactivar el comercio, se obligó a las empresas y negocios implementar un protocolo de bioseguridad cargado de algunos procesos sin ninguna utilidad, tal como lo tuvo que reconocer el propio gobierno vía decreto. Eso de tomar la temperatura se volvió paisaje, se masificó el uso de termómetros que lo único que medían era la improvisación, se llenaron listados con datos personales que no fueron usados para los tales cercos epidemiológicos, se pusieron tapetes en negocios y viviendas que poco o nada aportan a la eliminación del virus y se le empezó a rociar a todas las personas de todo sin ningún efecto. 


Las únicas medidas que todavía no se desestiman, y ojalá que no, son el uso del tapabocas en espacios públicos, el distanciamiento social y el lavado permanente manos. Cuánto daño económico y cuánto temor produjo la desinformación gubernamental, de los medios de comunicación e informal en redes sociales. El desespero por comunicar y el apresurado actuar desde el poder ejecutivo sigue generando desconfianza y por eso, también la llegada de las vacunas, hoy divide e incuba temor.


Tienen que quedar varias lecciones aprendidas, no se compadece que una emergencia de salud, tal vez la más grave en la historia del país, que hasta ahora deja en Colombia casi sesenta mil muertos, tenga que asociarse al desespero por comprar papel higiénico y medir la temperatura en lugares públicos.


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