Editorial / FEBRERO 07 DE 2023

Pederastas

Señalar a todos los integrantes de un colectivo como abusadores, por los delitos que cometieron algunos de sus miembros, no es justo ni resume la problemática, entre otras cosas, porque no son pocos los padres de familia violadores.

Pederastas

Cuando un sacerdote abusa de un menor de edad no es la Iglesia católica la que falla, es un ser humano con sotana el que se convierte en criminal y debe pagar por ello. Cuando un soldado viola a un menor de edad no es el Ejército el que falla, es un hombre con camuflado el que falla y de paso le falla a una nación, para él todo el peso de la ley. Cuando un docente accede carnalmente o realiza tocamientos indebidos a un menor de edad no es el colegio para el que trabaja el que falla, es un hombre graduado como pedagogo el que se convierte en un criminal y para él no puede haber ninguna gabela. Cada caso de abuso sexual y de cualquiera otra forma de violencia contra un menor de edad debe merecer la mayor celeridad de las autoridades en la investigación, ninguna consideración con el agresor y toda la protección para la víctima. 

Si la Iglesia católica, el Ejército, las directivas de un colegio actúan con negligencia ante un caso de abuso sexual u ocultan agresores en sus instituciones o, lo que es peor, los disculpan, se convierten en cómplices y entonces, ahí sí, también puede señalárseles de haber fallado. El abuso de menores de edad no debe mirarse según la profesión, oficio o dignidad que ostente el agresor. El abuso sexual es uno solo y la gravedad del delito no puede variar dependiendo de en dónde ocurrieron los hechos, quién fue el verdugo o qué edad tenía la víctima. Los niños son intocables, quien actúe en contra de ellos debe ser castigado con rigurosidad, sin que haya lugar a algún tipo de negociación de penas. A los niños se les debe creer cuando aseguren que han sido violentados, en ellos no se puede permitir la revictimización; las garantías deben ser para el agredido, no para el agresor. 

Lejos está el país de disminuir las cifras de violencia sexual contra los menores de edad si este crimen se sigue analizando a partir de señalamientos colectivos porque, entre otras cosas, pocos oficios se salvan de haber tenido en sus filas a un abusador. Las denuncias por acoso y abuso sexual han sido en contra de sacerdotes, soldados, policías, docentes, médicos, entrenadores deportivos, periodistas, políticos, empresarios, entre otros, y, lo que supera cualquier temor, en contra de padres de familia. Si en su propio hogar, lugar que se supone debiera ser el más seguro para un menor de edad, se presenta la agresión sexual, incluso con complicidad de la propia madre, habrá que desconfiar en cualquier entorno. Lo fundamental es acompañar todo el tiempo a la población infantil, eso atenúan la posibilidad de ocurrencia de un abuso sexual. 

El abuso de un menor de edad desencadena responsabilidades individuales y compromisos colectivos o institucionales. El agresor debe responder por lo que hizo y el colectivo al que pertenece el criminal debe desterrarlo de sus filas, denunciarlo, apoyar la aplicación de justicia y, lo más importante, asumir el compromiso público, con un plan de acción, para que no vuelva a pasar. También para lo anterior aplica la sentencia del padre de Roux cuando presentó el informe de la Comisión de la Verdad: “Cómo nos atrevimos a dejar que pasara y cómo nos podemos atrever a permitir que continúe pasando”.

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