Editorial / MARZO 02 DE 2021

Y pasó

Duele como propia la tragedia ocurrida en zona rural de Circasia; la muerte de una pequeña de nueve años y de su tío, es tan absurda como aviso perentorio para aplicar correctivos.

Y pasó

Justo una semana después de que en este diario se hiciera referencia a la urgencia de realizar un inventario de árboles enfermos o cuyas raíces o ramas representaran peligro para las personas, los inmuebles o la infraestructura de servicios públicos, ocurrió lo peor. En la nota editorial del pasado 21 de febrero la inquietud era la amenaza para la integridad física de conductores y peatones y lo cerca que estaba de ocurrir una tragedia por la inminente posibilidad de que un árbol les cayera encima. Se reseñaron varios eventos ocurridos en Armenia en los que árboles de gran tamaño fueron vencidos por las fuertes lluvias y los vientos y, quién sabe, por la enfermedad, el abandono o los años, y aunque no dejaron víctimas mortales sí daños materiales y grandes sustos.

Cuánto duele tener que admitir que la preocupación expresada en las páginas de este matutino era fundada, que sí podía llegar el día en que un árbol cayera sobre una persona y la lesionara gravemente. Pues eso fue precisamente lo que ocurrió el sábado anterior en zona rural de Circasia; un ciclopaseo familiar fue la última alegría para la niña Hadasa Mihai, de apenas nueve años, y para su tío, José David Salgado Restrepo, de veinte años. Por protegerse de la lluvia, la menor, su padre, su tío y otro adulto se ubicaron debajo del árbol que minutos después se vendría abajo produciendo las terribles lesiones de las que los jóvenes deportistas no se pudieron recuperar.

Está muy claro que el accidente ocurrió en zona rural, que resultaría prácticamente imposible tener un censo de árboles en estas zonas y establecer con precisión cuáles amenazan con caer. Lo ocurrido con la pequeña Hadasa y su tío es uno de esos inexplicables giros del destino, ni al más pesimista  se le hubiera ocurrido pensar lo que finalmente sucedió. Pero pasó y por eso, de nuevo, es necesario llamar la atención sobre la responsable revisión que debe hacerse sobre el estado de las especies de gran tamaño sembradas en zonas públicas y/o de constante flujo vehicular y de personas.

El árbol, según relato del padre de la niña que falleció, y por las fotos y la inspección que este medio pudo realizar al lugar de los hechos, estaba a centímetros de la carretera. Es un hecho fortuito pero tiene que provocar, por parte de las autoridades, un trabajo más pormenorizado de las vías y puntos que lugareños y foráneos suelen visitar, y que son conocidos por todos, para garantizar un mínimo de seguridad. No es solo la amenaza de un árbol, es también el estado de las vías, zonas que representen riesgo por alud de tierra y presencia de bandidos. No pretende esta nota buscar culpables en el sector público, no hay ninguna intención de asignar chivos expiatorios a lo ocurrido, pero, de nuevo, ya pasó una vez y no debería volver a suceder.

A las personas también es necesario pedirles prudencia absoluta. Como decían los mayores, no está el palo para cucharas, los ríos aumentaron su caudal y por eso no son una opción para paseos familiares; atentos turistas, moradores y deportistas, las lluvias son frecuentes y copiosas y traen serias amenazas que también se pueden mitigar si se adoptan, aunque parezcan exageradas, todas las medidas de prevención. Paz en la tumba de la pequeña Hadasa Mihai, este medio abraza de forma respetuosa y solidaria a su padre y demás familiares, es una tragedia que necesitará mucho tiempo y lágrimas para quedar atrás.


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