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Opinión / SEPTIEMBRE 14 DE 2009

A prueba de fuego (primera parte)

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

He tomado estas palabras del título de una producción cinematográfica que tuve la oportunidad de disfrutar recientemente, para referirme a los temas cuya celebración nos convoca en este mes: El amor y la amistad.

Ambos, que en muchos casos son interpretados como simples emociones, en la gran mayoría de ocasiones transitorias, encarnan los dos procesos de interacción humana más significativos que podemos experimentar.

El amor, entendido más allá de “cosquillitas en la nuca” o “mariposas en el estómago”, se refiere a la decisión más sublime y transcendental que alguien puede asumir y abarca muchas esferas: El amor por uno mismo, por el padre y la madre, por otros parientes, el que nos lleva a unir la vida a la de un compañero libremente elegido y aceptado, y el que tenemos hacia los hijos, sin duda el más sublime y sagrado.

Para encuadrar en el romanticismo que pulula en los corazones rojos que flotan en los espacios comerciales, y no desentonar con los poetas que han dedicado sus versos al amor erótico, me referiré a la pareja como una de las vivencias más memorables de la vida. Un tipo de amor que debe ser a prueba de fuego, para que no se apague con el paso de los años.

Amar significa asumir a otra persona que probablemente es como muchas, pero para cada quien resulta única y distinta, “especial”. Es sorprendernos con ella todos los días, con sus pensamientos e ideas, secundar sus iniciativas, respaldar sus sueños, hacer coro con sus risas, disfrutar sus chistes y compartir asuntos cotidianos, esos que con los años, se van volviendo sustanciales.

Es asumir sus cambios anímicos, consolarle en el dolor y las frustraciones, comprender más y juzgar menos, sonreír con benevolencia ante sus olvidos —voluntarios o involuntarios— y anotar con humor en el libro de las anécdotas, aquellas situaciones que en otro tiempo nos causarían disgusto.

Es desear la presencia de ese ser que nos complementa, más que cualquier cosa en el mundo, encontrar en su rostro todos los milagros dibujados, contemplarle dormir, y verle despertar con el mismo asombro con el que asistimos a los más bellos atardeceres, es inventarse excusas para agradarle, construir detalles simples para hacerle más alegre la vida y añorar una vejez plácida a su lado.

Amar es aceptar al otro como el compañero incondicional, a quien estamos dispuestos a seguir siempre, es renunciar a las veleidades que ofrece el mundo para afianzar una opción, que empieza con un beso y termina convirtiéndose en nuestro proyecto de vida.

Amar, es negarse a aceptar que lo maravilloso debe tornarse en rutina, tan solo por el paso del tiempo, y cultivar la determinación de conquistar al otro todos los días, con la inocencia de la niñez, el entusiasmo de la adolescencia y la serenidad de la madurez: Es persistir en la entrega, llenarle de motivos para continuar y saber que cada día, tomados de la mano, hay un nuevo motivo para comenzar, es entender que siempre existen razones para seguir amando, sin cansancio, para siempre, para seguir construyendo una relación, a prueba de fuego.

Ante una sociedad que nos impone la imposibilidad de un amor fiel, incondicional y desinteresado, el desafío es amar de esta manera. Soy hija de unos padres que se han amado así durante casi cuatro décadas, y estoy convencida de poder seguir su ejemplo, por tanto, si al menos alguien en el mundo puede persistir en un amor tierno y leal, creo que muchos podemos y ese es el desafío en este mes del Amor y la Amistad.

angelaquindio@hotmail.com

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