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Opinión / MARZO 04 DE 2024

Abandonarse a sí misma

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Llevo dos semanas mudándome. Ayer, sin tiempo para la emoción, metí mis libros en cajas, la ropa en maletas de viaje, desarmé la cama, saqué mis plantas y embalé los recuerdos. Monté todo en un camión –al que le sonaba hasta la pintura– y un kilómetro más adelante, recogimos, con dos coteros cuyas edades sumaban doscientos años, las cosas de mamá y tía. Esta mañana regresé a limpiar el cuarto vacío y a despedirme de mi casa durante casi cuatro años.

 En aquel cuarto me resguardé cuando huí de la casa de mis padres. Pronto la habitación con balcón y las estancias compartidas con otros –que a lo largo de los años mudaron de rostros– se hicieron mi hogar, un refugio que construí y en el que moldeé mi versión de lo que quería ser y hacer. Tracé el camino de palabras e historias que recorrería como literata y periodista.

 Durante estos años la vida fue tan tranquila como quería. Pasé días sin hablar con nadie, me sentí completamente sola y contemplé la quietud y el silencio. Así descubrí que aquello era la materia prima para mi idea de paraíso. Pude llamarlo hogar, después de años de vivir como foránea.

 Sin embargo, no sé muy bien en qué momento dejé de habitar ese cuarto. Sospecho que empecé a despedirme cuando supe de mamá y su divorcio. Entonces, poco a poco dejé de sentirlo como casa y hace meses, antes de empacar las cosas, me volví transparente. Las plantas atiborradas en el balcón lo supieron e iniciaron su propio desfile hacia la separación: algunas murieron por un hongo que no pude ahuyentar. Lo propio se hizo tan extraño.

 Esta mañana saqué un par de bolsas negras con ropa que no usaba y vestigios de naufragios que ya no quería cargar. Barrí y fregué el suelo mientras pensaba en el día en que me independicé y vine a vivir sola; la noche en la que un hombre entró sin mi permiso y armó un caos de libros y ropa desparramada; la vez que en la que, con vino, canciones de Roy Orbison y dolor, conocí la infidelidad; y los momentos en los que lloré de orgullo y tristeza porque, aunque sin dinero en los bolsillos, sostuve la libertad y un cuarto propio.

 Entregué las llaves a la nueva inquilina y salí a toda, sin rituales ni lloriqueos. No eché un último vistazo, no paladeé lo que dejaba atrás. Corrí, escapé de aquel lugar tan significativo para la mujer que soy y abandoné una versión de mí misma con la que nunca más volveré a cruzarme.

 Ahora, veo los libros en la nueva casa: organicé los que pude en dos estantes y otros tantos han quedado regados por el suelo. Qué difícil fue traerlos hasta aquí, pienso, mientras observo el espacio. Me pregunto por mí, ¿en quién me he transformado?, ¿quién llegó a ocupar este cuerpo?
 


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