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Opinión / JUNIO 08 DE 2017

Abogado asesora a ladrón

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Boquiabierto quedé la otra tarde cuando una excelsitud de profesional del derecho aconsejaba a un cliente malandrín-caracortada cómo evadir la captura. Paré las orejas al escuchar tan singular conversación en la mesa de enseguida de una cafetería bajo la sobrilla en el parque Sucre, mientras simulaba leer un periódico; así lo instruía:


Primero, para que todo salga bonito observe en la cuadra y dentro si hay cámaras de seguridad o circuito cerrado de televisión porque cuando se enteren te identifican y seguro terminas preso. Si existen esos asquerosos y delatores aparatos compras una máscara para eludir las filmadoras, caminas diferente, pues la expresión corporal también te puede individualizar por la espalda.

Segundo, vaya solo ya que, al celebrar tu cómplice, hablará más de la cuenta, lo privan de la libertad, hace un arreglo con el fiscal y confesará ante el Juez; le rebajan la mitad por aceptación de cargos, sapeo y colaboración; te señalará y recibirá el principio de oportunidad, no pasará siquiera un día entre rejas. Recuerda que el Estado patrocina la traición, detestable incluso entre criminales. Usted a la cárcel y él libre disfrutado el botín y fornicando con tu mujer.

Tercero, no cuente, llévate el secreto a la tumba; mantener la boca cerrada es la única forma de guardarlo. El más callado de los seres humanos es de pocas palabras, discreto no refiere sus intimidades excepto a un amigo que únicamente narrará sus cochinadas a un conocido y este también tiene una persona de confianza y aquel a otra y así sucesivamente medio pueblo terminará enterándose que fuiste el que camuflado cometió el delito.

Atolondrado permanecí ante la perversidad del tinterillo, desconocedor que la función social de la abogacía es colaborar con las autoridades en la conservación y el progreso del orden jurídico, en la realización de una cumplida justicia y de que su misión es defender en equidad, los derechos de la sociedad y de los particulares, orientar a las personas en la ordenación de sus relaciones jurídicas, no enseñar al hampa cómo violar la ley con garantía de impunidad.

Terminado el conciliábulo, el asaltante entregó un puñado de billetes al leguleyo que rápido, prevenido mirando para los lados se lo embolsó; a paso largo cada uno por su lado abandonaron el establecimiento, sin pagar los tintos.


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