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Opinión / AGOSTO 31 DE 2022

¿Acelerador o freno?

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

El activo apego a los principios democráticos, a leyes y normas internas vigentes, a tratados internacionales; el respeto hacia las instituciones del Estado por parte de quienes resultan elegidos para cargos de autoridad, son presunciones elementales de los votantes a favor o en contra del gobierno de turno, de abstenidos e impedidos de expresarse en las urnas. De la administración central, se esperan además acciones oportunas, acordes con lo anterior, en defensa del interés general, cuando las circunstancias lo exigen. Recalco, es lo mínimo que supone el ciudadano raso de cualquier país civilizado. No obstante, cuando resulta evidente que el o los elegidos abordan el tren del sistema, solo como medio ineludible de acceso al poder, para luego socavar sus cimientos, para lesionar su estructura -y ocurre con indeseable frecuencia en nuestra América Latina-, la sociedad, sus motores de productividad, únicos generadores reales de bienestar colectivo, se resienten, surgen motivos de prevención, de justificado recelo, que devienen en desactivación industrial y comercial, en desinversión generalizada. La malsana quietud, la improductividad, tienden a apoderarse del ánimo público ralentizando la economía, incidiendo de manera corrosiva en el empleo, en el producto interno, en la oferta de bienes y demás variables macro.

Viene ocurriendo dentro de nuestros linderos. La locomotora económica impulsada por efectivas medidas poscovid, que mostró asombrosas cifras de crecimiento con resonancia continental, durante los últimos semestres, acusa, a partir del periodo previo a la elección presidencial y conocidos luego sus resultados, un brusco frenazo, con obvias e indeseables consecuencias. La sensibilidad del organismo nacional frente a la agenda supremacista progre del nuevo inquilino en la Casa de Nariño, a su abierta condena hacia el trabajo, hacia el capital, a la seguidilla de  irrespetos y retaliaciones contra la Fuerza Pública, a la cual combatió como malhechor con armas ilegítimas, de apoyo a mandatarios como los de Perú, Argentina, -Nicaragua y Venezuela son capítulo aparte-, procesados por la justicia de sus países en graves casos de corrupción y abuso de poder, para citar apenas algunas de sus actitudes, es extrema. A nadie tranquilizan las acometidas de la sinrazón, del soberbio autoritarismo con frontis reformista. Día a día el disfraz de carnero se desdibuja; asoman los colmillos de la fiera. Que no quepa duda: toda acción u omisión de quienes presiden el complejo andamiaje estatal, suscita reacciones. O bien se siembran positivas certezas para cosechar armonía social, ambientes creativos y proactivos, prosperidad en medio de libertades, o mal, se continúa estimulando la perversa confrontación, los odios clasistas o ideológicos, la imposición a cualquier costo de doctrinas derrotadas por la historia. ¿Repotenciar la locomotora o continuar accionando el freno en perjuicio del conglomerado social que clama por oportunidades? El día 8 del mes que agoniza, con cáustico humor, muchos preguntaban en las redes si aún debíamos madrugar a trabajar. Por ahora y mientras haya en qué ocuparnos, la feliz respuesta es sí. 

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