Opinión / OCTUBRE 03 DE 2019

Ahora o nunca

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Suena mal, lo sé. Políticamente incorrecto, incluso despiadado. Sin embargo lo digo, con el corazón en la garganta: la entrevista publicada en este diario al nonagenario Emilio Valencia no revela a un hombre en sus cabales, al tahúr que con pulso de reptil dirigió las minucias de la vida electoral aldeana. 

No. La pieza periodística muestra al patriarca ‘liberal’ —en este caso, las comillas son sarcásticas, incrédulas— a pasos de la condición gagá. El ‘Carriel’ encarna los vicios y las trapisondas de la clase dirigente cuyabra: pobreza conceptual, posturas ideológicas difusas, camaleonismo. Valencia es el epítome de casi todos los políticos quindianos: su interés en los asuntos públicos fue egoísta, nada democrático. Consistió en el control de una parcela de la burocracia, en la repartija de migajas entre la ciudadanía. De no corregir el rumbo, de seguir bajo la égida del MIL, el Quindío se hundirá en las arenas movedizas de la inopia y la desesperanza.

Mueven a risa o a clemencia —no lo sé— las razones esgrimidas por Valencia para respaldar las aspiraciones de Roberto Jairo Jaramillo y Piedad Correal. Flaco favor les hace el cacique otoñal con su guiño aprobatorio. Exiguas ilusiones puede albergar la familia quindiana en los oficios de aquellos que hacen parte de la maquinaria electorera responsable de la quiebra ética y el descrédito político. Para sortear con éxito la crisis institucional del departamento y de Armenia no sirven ni el ‘carisma’ de Jaramillo ni la ‘entrega’ de Correal. Llegó el momento —vivimos en el filo del ahora o nunca— de redescubrir el poder transformador del voto libre, consciente, autónomo. De no hacerlo, de postergar de nuevo la tarea de tomar el destino del Quindío en nuestras manos, seremos inferiores a la historia. Mereceremos el escarnio, el desprecio de las futuras hornadas.

Repito lo obvio: si confiamos nuestro futuro al MIL o al grupo fucsia las cosas empeorarán: seguiremos siendo una hermosa y marchita mentira. Usted y yo somos los encargados de jubilar las prácticas de poder de la dinastía Valencia, de David Barros, de Sandra Hurtado y sus adláteres. Una buena manera —la única— para hacerlo es la de caer en la cuenta de la urgencia de revivir la participación honesta de los ciudadanos en los menesteres públicos. En otras palabras, dignificar la política. Los traficantes de espejismos trituran los vocablos honestidad, transparencia, cambio. En las tarimas ondean las mustias banderas de la justicia social, la lucha contra la corrupción y la decencia. A pesar de ello, no dudan un instante en ofrecer contratos, plata, comida —el plato de lentejas del relato bíblico— por votos y consciencias. Los políticos tradicionales y los ciudadanos apáticos son los culpables de desfigurar la democracia al imponerle las reglas y los modales patibularios de los garitos de mala muerte. Somos los artífices de nuestro mediocre infierno.


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