Opinión / ENERO 17 DE 2022

Al final…

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Durante los casi dos años que llevamos afrontando la emergencia universal surgida como consecuencia del COVID – 19, muchas cosas dejaron de ser ocasionales para convertirse en rutinarias. La muerte es una. Han partido hacia la eternidad muchos seres humanos, hombres y mujeres de todas las edades y nacionalidades, padres, hijos, esposos, maestros, amigos, vecinos, compañeros, profesionales, intelectuales, artistas, creadores… No todos por el virus, algunos han perecido en accidentes, otros, por diversas enfermedades, unos por un ataque al corazón, algunos más por la estupidez humana que se vuelve violencia e irracionalidad. La causa puede ser irrelevante cuando el manto oscuro de una ausencia irremediable lo cubre todo: Las cosas de la casa,  los espacios que ocupaban, el lecho donde dormían y los instantes que se llenaban con sus risas y su voz, el rayo de sol que iluminaba sus rostros en la mañana y que ahora flota en el vacío de una nada incomprensible. 

Los que quedamos, los hemos visto partir como quien se detiene en la mitad de la impotencia junto al mar, para ver zarpar un navío sin itinerario de retorno. Hemos sufrido el fallecimiento de personas muy amadas y hemos debido engullirnos las lágrimas, porque la vertiginosidad de los acontecimientos luctuosos, ni siquiera entrega el tiempo para elaborar un duelo pausado. Se van y se van, la sombra de su figura no se pinta más en las calles de la ciudad y solo el eco de lo que fueron sus pasos, retumba en la memoria.

Se desvanecen… se van a descansar a un mejor lugar, solemos decir, a contemplar la presencia divina en la eternidad, a un espacio donde las molestias se esfuman y el alma flota liviana. 

¿Qué queda al final, cuándo ya no están? ¿Cuándo el afán termina y las agendas, que en algún momento fueron apremiantes, carecen de sentido porque el tiempo disponible terminó? Solo la huella labrada: en la historia, en los sentimientos de los demás, en el recuerdo.

Se fue Evelio Cortés Duque, como consecuencia de una enfermedad extensa, que afrontó con la serenidad y templanza que le caracterizaron durante todo su vida. Un gran hombre, cívico, familiar, incomparable amigo, solidario, íntegro, honorable, considerado, culto en grado sumo, decente, ejemplar. Y en el punto final de una existencia que fue testimonio para muchos, queda solamente el amor que sembró en el corazón de su hogar, los años de entrega incondicional a su esposa Ana Loly Castaño Marín y la ternura e impecable educación moral que entregó a sus descendientes, que hoy, quedan con la misión de preservar su nombre y su legado, de dar continuidad a sus causas y convicciones.

Se termina una vida colmada de buenos momentos y aciertos a nivel laboral, social y familiar. Se extingue la llama de un hombre sin tacha, de esos que tendríamos que poner como referentes, a los que nadie tenía que decirles cómo obrar, porque la claridad de sus principios le guiaba siempre hacia las mejores decisiones y acciones, un esposo, padre, abuelo, compañero, líder, amigo y ciudadano al que solo se le puede recordar y nombrar con respeto, admiración y gratitud.

Al final, solo queda lo bueno que pudimos hacer por otros, el servicio que dimos, el amor que entregamos, las vidas que tocamos, el consuelo y ayuda que brindamos, porque cualquier otra cosa es un inmenso castillo de naipes que se desvanece en el vacío.


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