Opinión / DICIEMBRE 03 DE 2020

Al finalizar el año escolar

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

A mediados de marzo, el Quindío cerró las puertas de sus escuelas. En pocos días estudiantes y maestros se alejaron de las aulas, de los patios de juego, de los ruidosos pasillos y los laboratorios. Los efectos de la pandemia fueron inesperados. Materiales escolares, uniformes y todo aquello que muchos padres adquirieron con dificultad, quedaron bajo llave. A partir de ese momento, profesores y alumnos se esforzaron por conservar —desde sus hogares— el vínculo que hasta entonces los caracterizaba.

La novedad de la enseñanza y el aprendizaje remoto se convirtió en un gran desafío para la comunidad educativa. En poco tiempo se instalaron y adecuaron con urgencia medios tecnológicos, iniciando la aventura de sostener la escuela a distancia. Sin embargo, a medida que pasaron los días, empezaron a visibilizarse problemas que poco se conocían. La llamada ‘brecha digital’, es decir la desigualdad en el acceso a internet y las tecnologías de la información y las comunicaciones, dejó también en evidencia la ‘brecha educativa’. Esta última es la diferencia que existe entre la educación que reciben jóvenes con menos recursos y situaciones de conflictividad familiar, y aquellos provenientes de entornos con mayor capacidad económica y relativa estabilidad emocional.  La escasa disponibilidad de medios —de muchos estudiantes— hizo que los docentes sortearan complejos escenarios relacionados con la conectividad, las tecnologías, el acompañamiento y asesoría, enfrentando graves deficiencias —particularmente— en zonas rurales.

Pero además del componente estrictamente educativo, hay algo que debe llamar la atención. En este periodo, según cifras de Medicina Legal, la Fiscalía General y el ICBF, los niveles de violencia intrafamiliar aumentaron. Julián de Zubiría, experto educador, se refiere a ese atroz fenómeno en la columna El retorno a clases presenciales en 2021, publicada en el diario El Espectador: “[…] Duele decirlo, pero muchos hogares en Colombia no son espacios de protección de los menores. Con alguna frecuencia, allí se maltrata, se acosa y violenta sexualmente a las niñas y niños. Convivir con padres violentos, abusivos y autoritarios, es una desgracia para un menor en tiempos de confinamiento. Todo indica que, durante la cuarentena, los colegios dejaron de servir como espacios de protección de los niños y niñas”. 

El valor de la escuela es inmenso, es allí donde se desarrolla el aprendizaje social y emocional, pues más allá de contenidos, los jóvenes necesitan aprender a comunicarse, a convivir y a pensar.  No en vano Paulo Freire, quizá, la figura más relevante de la pedagogía contemporánea afirmaba que “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”. En esa tarea, el papel de la escuela es insustituible.

Adenda: Fui testigo de la labor adelantada por los colegios franciscano San Luis Rey y María Inmaculada, durante el año que culmina. Directivas, docentes y personal administrativo hicieron todo cuanto estuvo a su alcance por procurar lo necesario para que nuestros hijos pudieran avanzar en sus estudios.  A ellos, al igual que a todos los maestros del departamento, gracias por su compromiso y vocación. 


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

copy
© todos los derechos reservados
Powered by:Rhiss.net