Opinión / DICIEMBRE 02 DE 2020

Allie, princesa

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Adivinos de gustos y aficiones de cada navegante en el ciberespacio, guías de nuestras siquis por sus laberintos, los algoritmos me transportan a velocidad de clik, sin razón explicable, a un escenario urbano. ¡Hey! ¿Qué nos trae hoy aquí? Un cuarteto de guitarra eléctrica, otra acústica con cuerdas metal, batería, una joven cantante de apellido detectivesco, según el rótulo Youtube. Lentos acordes dan ingreso a una voz prodigiosa, envolvente, con el fraseo de I’ll survive, tema clásico de Gloria Gaynor, premio Grammy 1978: At first I was afraid, I was petrified/ Kept thinking I could never live without you by my side..., himno triunfal del tiempo y el coraje sobre el desengaño, sobre el amor hiperestésico. Aterrizo, husmeando en la letra pequeña y en los comentarios del video. Downtown de Dublín, Irlanda, otoñal, ausentes aún las prendas térmicas, obligadas en estas latitudes desde fines de noviembre. Máscaras anticovid cubren la mayoría de rostros. Un corro cosmopolita, próximo a multitud, con mínimos de bioseguridad, rodea el improvisado y tal parece frecuente escenario. Pocos segundos bastan para atraparme a mí, a quién sabe cuántos videoescuchas alrededor del planeta, a transeúntes de diversa edad y condición, casi copando el amplio peatonal. Un reducido corredor a espaldas de los artistas evita el bloqueo; ojos, oídos, almas en ebullición, los siguen absortos, gozosos del privilegio a todos concedido. Muchos acompañan el ritmo con movimientos; abundan los danzantes repentistas, las transferencias a sus cuentas y al estuche de su guitarra. Allie Sherlock es aquí la estrella que rutila, the princess, la diva adolescente de Grafton street. En tránsito de niña a mujer, los exuberantes quince años de la intérprete y compositora, enfundados en prendas informales que, como al cabello castaño anudado atrás, reacomoda a cada momento mientras canta, se expresan con natural poder seductor, con cadencia y armonía perfectas. Ignoro las escalas de ‘influencers’ en el universo electrónico, pero cuatro millones de seguidores en el canal personal, casi 15 millones de visitas a sus centenares de videos, no son cifras desdeñables. A entrevistas en diversos canales de televisión de su natal Irlanda, Estados Unidos y otros países de Europa, acude con solvencia expresiva; conmueven su fresca autenticidad, la sonrisa, el relato de entrega a la música, a voz e instrumentos, entre sus nada especiales rutinas. Con una particularidad mayúscula: lo suyo no es el espectáculo, el set, vestuarios ni maquillaje, los artificiosos montajes escénicos, la publicidad. A los doce años, con la anuencia familiar, apoyada por su padre, también músico, tomó una decisión hasta ahora sostenida: actuaría en la calle, apropiaría para sí, para su arte y talento, el espacio público. Allí, como solista o en compañía de otros músicos notables, entre otros el guitarrista y cantante, Fabio Rodríguez, despliega a diario, encanto y dominio escénico. ¡Allie, Honey, one selfie with you for Colombian people, please!


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