Opinión / JULIO 30 DE 2021

Ambición, avaricia, codicia

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Semejante es el significado de las tres palabras que titulan esta nota. Cada quien puede aplicarlas a su criterio. La ambición, según la Academia, es “el deseo intenso y vehemente de conseguir algo”, que se asimila a aspiraciones legítimas de superación, que nacen del impulso por ser mejores las personas o por adquirir un estatus social y económico mayor que el que tienen. “El que no aspira a peso no llega a real”, reza un viejo refrán, que se usaba cuando un peso tenía valor y un real equivalía a diez centavos. Lo contrario a la ambición es el conformismo, condición de los que se contentan hasta con la miseria.

La avaricia, en cambio, es el afán de poseer riqueza por el placer de atesorarla, inclusive limitando la calidad de vida de los avaros, que puede llegar hasta la comida, el vestuario y la vivienda, para no hablar de las carencias que padecen las personas que dependen de un “agonía”, como describe el argot popular a los avaros. La literatura universal tiene numerosos ejemplos, como el de un personaje de Charles Dickens, en su Cuento de Navidad. La avaricia tiene mucha relación con el agio. Los avaros suelen ser prestamistas y empresarios de casas de empeño, inconmovibles cuando se trata de cobrar intereses y recuperar capitales. El avaro, sin embargo, confía en alguien y ese alguien tarde o temprano lo “tumba”. También suele guardar la plata en la “secreta” de un armario o debajo del colchón, para que se pierda en un incendio o se la robe alguien que le conoce las mañas al avaro. “El avaro se roba a sí mismo”, dice la picaresca.

Sobre la codicia puede decirse que es la ambición pervertida, porque no aspira a conseguir las cosas con esfuerzo personal, sino a quedarse con los bienes de los demás, con las empresas que son competencia de sus negocios o con la tierra de los vecinos. De uno de esos personajes, que buscaba comprar todas las tierras vecinas de la suya, a veces con procedimientos poco ortodoxos o decididamente criminales, se decía que no quería lindar con nadie. En los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, el noveno ordena “no codiciar los bienes ajenos; ni desear la mujer del prójimo”. El pecado no es solo echarle el ojo a las esposas ajenas, sino a los bienes del prójimo, como sucede con los monopolios, cuyos peces más grandes se dan a la tarea de comerse a los más pequeños, para sacarlos de la competencia. Sucedió en Colombia con las fábricas de cervezas, gaseosas, cigarrillos, chocolate, fósforos y con los almacenes de cadena, compañías de seguros y bancos, que, después de ser adquiridos por los más tragones del mercado nacional, pasaron a manos de multinacionales. Así, el colonialismo reaparece sin arcabuces ni armaduras, sino con chequeras. Y los países sometidos proclaman que son “independientes”.


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