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Opinión / MAYO 19 DE 2024

Anarquía en Laureles

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Lo que sucede en el parque Laureles en el norte de Armenia, casi todos los días entrada la tarde y hasta la madrugada, es apenas uno de muchos botones que sirven como muestras para admitir sin reparo y con profundo dolor cuyabro que la capital quindiana creció en metros cuadrados construidos y se densificó al garete. No ha habido, no hay y parece no va a haber control. El pandemonio en que se convierte el sector de Laureles los sábados y domingos es sinónimo de anomia, desidia, incultura ciudadana y caos.

En cualquier lugar de la ciudad, un local, garaje, casa o apartamento puede ser usado, sin el menor reparo, para que allí funcione un restaurante, una barbería, un supermercado, un bar, un negocio de web cam, una droguería, una funeraria, un café, un consultorio. No hay reglas claras ni cumplibles para el uso del suelo y todo parece indicar que no hay la menor intención ni la habrá de corregir el rumbo y organizar la que otrora fuera una acogedora ciudad.

Se acabaron las zonas residenciales, en Laureles la tranquilidad se perdió hace ya varios años. Los malos ciudadanos fueron más y los buenos ciudadanos tuvieron que migrar o refunfuñar en silencio por la paz arrebatada. El espacio público es invadido todos los días por conductores de carros y motos que parquean para embriagarse en los bares del sector y luego salen como locos al volante, poniendo en riesgo la vida propia y la de los demás. No se entiende que no haya controles, aplicación de pruebas de alcoholemia, presencia de autoridades de tránsito para despejar la zona, aplicación de comparendos y cierre de establecimientos que insisten en violar flagrantemente la de por sí maleable y negociable normatividad para ejercer una labor comercial.

Basta con estar unas horas en el parque Laureles y sus alrededores, como en efecto a veces lo hacen algunos uniformados, para comprobar toda suerte de situaciones contrarias a la sana convivencia e incluso delitos. Pero no pasa nada. El desorden crece, en lugar de morigerar la situación, los perturbadores ganan terreno. En Laureles, como ya sucedió en otros barrios de Armenia, la normatividad no protegió los intereses colectivos, el bien general no primó sobre el particular, todo lo contrario, unos cuantos mandan.

El parque ya no es para la familia y los niños, de día es un sanitario de mascotas y cada vez desde más temprano es un consumidero de sustancias sicoactivas, un parqueadero de ruidosos vehículos, un bar y basurero. La mañana, cada día en el barrio, deja expuesta la capacidad depredadora del ser humano. Qué pesar de mi ciudad, ver cómo sucumbe cada día a la incultura y la falta de control arruga el corazón y perturba la mente. En el caso de este sector, los buenos son más, pero los malos, que son poquitos, pueden más.


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