Opinión / DICIEMBRE 01 DE 2021

Años setenta (2)

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

De nuevo en casa de Fabiola y Gladys, Quito, noviembre 1973, recuerdo variopintos pensionistas: dos adolescentes nativas de Esmeraldas, puerto del noreste, capital de la provincia homónima, colindante con nuestro departamento de Nariño, descendientes de cimarrones centroafricanos, quienes a fines del siglo XVI, sobrevivientes y luego amotinados de una nao española, se establecieron en aquel inhóspito litoral con la tardía aquiescencia del virreinato, extendiendo su dominio e influjo hasta el hoy puerto de Tumaco; Alberto, veterano argentino de ilustrado talante, discurso político antiimperialista y pobre vestuario; libros y diarios bajo el brazo, oblicuo, receloso, supuesto perseguido de la CIA; Anita, riobambeña, edad media, rubicunda sonrisa, de profesión secretaria; una bella, ruidosa, ojos felinos, desafinada cantante de baladas, alumna de la cercana Universidad Católica; otro Alberto, de Ambato, versión ecuatoriana del volátil, impecable en su indumentaria y fragante rompecorazones; del mantenido, cuya mensualidad sufragaba su pareja de fines de semana... ¿Quién como la Martita? Quizááás la virgen María. ¿Quién como Huguito? Quizááás el santo Job, parodiaba con voz impostada y gestos de bufón, provocando carcajadas... Todos puntuales, obedientes de normas internas, coincidíamos en el comedor a horas estrictas, satisfechos a medias con la frugalidad del menú. Rotos los hielos, compartidos con pulcritud los cuartos de baño de la vieja casona, era una convivencia fácil, grata, de creativos diálogos, intercambio de conocimiento, visiones y experiencias. 

Un hecho ocurrido meses antes, todavía sin asimilación en el resto del continente, ajeno a las rutinas e interés de cada huésped, pero trascendental en el plano sociopolítico de América Latina, divulgado en amplitud por medios impresos y audiovisuales del globo, el golpe militar liderado por Augusto Pinochet contra el gobierno de Salvador Allende, en Chile, vendría a acercarnos al drama de la migración forzada. Hasta entonces habían huido del caos un buen número de chilenos, intolerantes respecto a bruscos cambios en la orientación del Estado, al desbarajuste económico sobreviniente y a la confrontación ideológica. Ecuador recibió a miles de ellos, estudiantes universitarios, profesionales, técnicos, quienes buscaban acomodo en la floreciente actividad del país. Las nuevas diametralmente distintas circunstancias, luego de aquel violento septiembre, dieron lugar a otra corriente migratoria, esta vez de simpatizantes o activistas de izquierda perseguidos por el régimen militar. Se vivió entonces una insólita amalgama migratoria. Izquierda y derecha chilenas, irreconciliables al interior de su propio país, hermanadas en el desarraigo, en el éxodo, de y bajo idéntica bandera.

Vendrían para el país austral, patria del Neruda inagotable, recién fallecido en Santiago, décadas de dictadura, de refundación, de prosperidad económica basada en férreos principios liberales, tomada como modelo de desarrollo por agencias multilaterales, por países con afán de afianzamiento y proyección. Recientes brotes de violenta inconformidad popular, con origen en reductos políticos de izquierda, motivaron reformas de fondo vía constitucional; sin embargo, quién lo entiende, los chilenos parecen decididos a elegir como presidente a quien propone retomar la senda Pinochet… 


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

copy
© todos los derechos reservados
Powered by:Rhiss.net