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Opinión / JUNIO 04 DE 2016

Así actuaba el DAS

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El  reportero  Julián Martínez  en su libro  titulado   Chuza  Das  describe  cómo el gobierno de la seguridad democrática convirtió la agencia de seguridad en una cueva de bandidos  al servicio del paramilitar  Rodrigo Tovar Pupo alias Jorge  40  y  de los intereses privados del  presidente.

Ramiro Bejarano  en el prólogo  dice que  Uribe  triunfó  en 2002 en primera vuelta, ayudado por los paras,  mediante el  fraude  cometido con un programa de computo  que  alteró  el  resultado  en trescientos mil votos,  y   —ya instalado  en el poder como en la época del stalinismo soviético—  acosó a sus críticos  aquí,  en  Bélgica  y  España.   Espió  también a los eurodiputados.   El DAS fue utilizado  no  para la seguridad nacional sino como herramienta política de persecución  a contradictores. 

Condenado a 25 años por el asesinato del profesor Alfredo Correa de Andreis, el director del DAS Jorge Noguera era amigo de Raúl Montoya,  quien  entregó   en 1986  cinco cheques  por 56 millones  de la cuenta del cambista  del Cartel de Medellín Luis Carlos Molina,  de la que se giró el dinero para pagar a los pistoleros que mataron al director de El Espectador  Guillermo Cano.

Los  jefes  de informática Rafael García Torres  y de inteligencia Fernando Tabares y  Jaime Fernando Ovalle,   y el subdirector  José Miguel Narváez crearon fuera del organigrama del  DAS, el Grupo Especial G-3,  que espiaba al colectivo de abogados José Alvear Restrepo  y a opositores  al gobierno  “por  ser idiotas útiles de la guerrilla y traficantes de derechos humanos”, lo mismo que a  Hollman Morris “amigo del terrorismo oculto en su condición de  periodista”.

Los testigos que  señalaron falsamente  al sindicado de tirotear a  Jaime Garzón fueron aleccionados por el organismo de seguridad;   identificaron al sicario a pesar de que  cubría el rostro con  un pasamontañas.  

Lagos León  y García Torres  declararon contra  su jefe y confesaron que el DAS había elaborado  una estrategia de sabotaje  que incluía ensuciar el buen nombre de  adversarios,  torturar psicológicamente,  matar, enviar amenazas de muerte  a  través  de  coronas fúnebres, sufragios y muñecas ensangrentadas, como política de Estado.

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