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Opinión / JUNIO 17 DE 2024

Breve comentario sobre anarquía y cristianismo

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Desde muy pequeño supe que las jerarquías me incomodaban, especialmente aquellas que se volvían opresoras e invalidaban la otredad. Recuerdo que, siendo adolescente, increpaba a líderes de mi doctrina cristiana porque sabía que justificaban sus ambiciones con versículos descontextualizados de la Biblia.

Muchas veces cuestioné mi continuidad en el credo. ¿Por qué seguía allí, especialmente en una comunidad tan jerarquizada como la evangélica? No tenía unos padres que me obligaran a creer ni feligreses fundamentalistas persuadiéndome. Solo contaba con algunas experiencias divinas que habían marcado mi vida y con el ideal de comunidad que se tejía cuando mis correligionarios se unían para ventas de tamales o lechona con el propósito de recoger fondos para sus proyectos sociales o de evangelización. Eso me gustaba. Era un escenario en el que se promovía la igualdad y el apoyo mutuo. Todavía ocurre.

Tiempo después conocí la anarquía. Me enamoré de ella. Al principio, era un amor prohibido, pues creía que se contraponía por completo a los principios cristianos. Hasta que comencé a leer detenidamente la Biblia, especialmente cuando su personaje principal, en el que se han fundado un sinfín de iglesias, emancipó a algunos siervos y les dio autoridad. Ahí comencé a vislumbrar que el cristianismo y la anarquía podrían no ser conceptos irreconciliables. 

Y es que la anarquía no se reduce a los hechos caóticos con los que comúnmente se le relaciona. Estos, muchas veces, son la instancia última y radical del anarquismo. Todo lo contrario, algo que comparten el cristianismo puro y el anarquismo es la visión crítica sobre la violencia. El pacifismo cristiano y la resistencia no violenta han sido medios poderosos de transformación social a lo largo de la historia. Eso complementa con uno de los pilares del pensamiento anarquista que es la crítica al poder y la autoridad, así como proponer formas de resistencia que rechazan la violencia y abogar por una transformación de la sociedad desde abajo, como lo fue la Comuna de Barcelona, España, en 1936.

De igual forma, el cristianismo también tiene en su núcleo una crítica profunda a las estructuras de poder injustas. Jesús de Nazaret desafió a las autoridades religiosas y políticas de su tiempo, abogando por los pobres y marginados. Y es paradójico, entonces, que “conocedores de Cristo” aplaudan el plan genocida del Estado de Israel o comulguen con instituciones violentas y opresoras. 

Con el tiempo he comprendido que, lejos de ser conceptos irreconciliables, el cristianismo y la anarquía pueden encontrarse en un terreno común donde la lucha por la justicia, la igualdad y la libertad se convierte en un objetivo compartido. Tengo claro que la jerarquía es un mal necesario, por lo que no creo en la utopía de un mundo sin poder público. Pero sí creo en la crítica anarquista hacia las estructuras de poder coercitivo y en la adopción de prácticas más horizontales y solidarias. Así que continuaré profesando libremente la forma en que he entendido la anarquía, como también el cristianismo, una doctrina que me ha enseñado pilares espirituales y afectivos con los que instalarme en un mundo cada vez más polarizado, complejo y atomizado. 


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