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Opinión / FEBRERO 01 DE 2012

Calle larga, libre

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Mía fue la infortunada idea. De ellas, de mi compañera y nuestra hija, el entusiasmo y la aceptación. Solíamos disfrutar del sendero, de su esplendor perimetral, en mañanas frescas, tardes de canícula o glamurosos crepúsculos.

Platanales en formación militar, heliconias, abigarrados cafetales con uno u otro frutal en los intersticios, variedad de árboles -brillaban a veces los guayacanes-, flanqueaban la vía veredal; pavimento en regular estado.

Gorjeos y batir de alas como música de fondo. Casonas de sencilla solidez, espaciadas, se recortaban entre cultivos y jardines, a lo largo de cinco o más kilómetros entre la carretera a Barcelona y el extremo sur de la vereda. Su topónimo, Calle Larga, la describe muy bien.

Finalizando la década de los noventa, aún no llegaban la fiebre del oropel turístico ni las siniestras murallas de swinglia. La altiplanicie calarqueña, en suave descenso desde su centro urbano, remata allí en un mirador, balcón natural hacia el pequeño valle del Río Verde y sus plácidos meandros poblados de guaduales, próximo el encuentro con el Río Quindío.

Recordamos la fiesta visual al término de nuestros vagabundeos motorizados: sin invadir propiedad privada, sin molestar o poner en riesgo la seguridad de nadie, se nos concedía el goce del paisaje y de un insólito aviario: pocos ejemplares en cautiverio; otros, vistosos, liberados de su encierro pero comensales habituales, bullangueros merodeadores de su hogar humano, disputaban nuestra atención con valle, río, y montañas.

El error no consistió en invitar a mi Sarita de ocho o nueve años a rodar por Calle Larga en nuestras bicicletas. Lo imprudente fue haber ignorado su impericia, un corto pero pronunciado descenso, y los pequeños baches, causantes al final de su calamitoso aterrizaje. Heridas, magulladuras, pérdida definitiva de dos dientes, una desapacible convalecencia, y mi perdurable culpa, el balance final.

Varios años transcurrieron antes de intentar el regreso al teatro del accidente. Cuando lo decidimos, una vara horizontal nos impidió el acceso desde la vía a Barcelona: El celador desuniformado con actitud de pocos amigos exigió saber cuál era nuestro destino y propósito. Ninguno y pasear, fueron respuestas para él no satisfactorias. El ingreso debe ser autorizado por uno de los residentes; terminante y no cumplida condición.

¿Habría servido de algo aducir la manifiesta arbitrariedad, el atropello, la ilegalidad del hecho? No entonces; tampoco ahora. Los empleados “cumplen órdenes”. Se trataba, se trata –la vara sigue en su puesto-, de la apropiación por particulares de una vía pública, de propiedad y a disposición de todos, con pasiva complicidad policiva. Me prometí acudir en los siguientes días a instancias pertinentes para corregir el despropósito; no obstante, los calendarios fluyeron, compañera e hija se ausentaron, y olvidé la promesa.

Los dos sucesos visitan ánimo y memoria al conocer de buena fuente la decisión, supongo, del Ministerio de Minas y Energía, de reducir a mínimas las áreas de prospección minera y de hidrocarburos en el departamento del Quindío, medida en beneficio directo, entre otros sectores, de habitantes y propietarios de Calle Larga, quienes hace meses vieron amenazada la paz de su exclusivo edén, ahora también paraíso de turistas.

Cualquier día, sin objeción factible, se les notificó la intervención de sus predios en busca de recursos del subsuelo. Ello implicaba, en fase inicial, la forzosa presencia de extraños, maquinaria, perforaciones y detonación subterránea de explosivos; en caso de hallazgos, fase siguiente, una eventual expropiación. Advirtiendo la condición regional de Paisaje Cultural Cafetero, patrimonio de la humanidad, algún sensato funcionario dio oportuna marcha atrás. ¡Qué alivio! El Quindío, la zona comprendida en la declaratoria, Colombia toda, se contentan.

Qué tal si a guisa de sensata celebración nos devuelven la calle larga, su entorno ambiental, y, sobre todo, nuestro invaluable paisaje.

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