Opinión / MARZO 02 DE 2021

Campesinos abandonados

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Es evidente que los colombianos están perdiendo la capacidad de asombro, muy seguramente por los recurrentes casos de inequidad, injusticia y desigualdad a la que diariamente están sometidos algunos segmentos de la sociedad. Los pequeños y medianos productores agrícolas soportan un infierno como consecuencia del abandono y olvido del Estado; los campesinos viven en el peor de los mundos, pues en varias regiones del país se encuentran en medio de las Bacrim, del ELN, de disidentes de las Farc y del paramilitarismo; y cómo si estos factores no fueran más que suficientes para amargar la vida a los campesinos, las pérdidas de sus cosechas por falta de oportunidades de transporte y un mercadeo a precios justos los está llevando al desespero; sin embargo, ni el ministerio de Agricultura, ni el gobierno central, tampoco los mandatarios de las unidades territoriales se ocupan en el diseño real de estrategias y programas para salvar a los cultivadores y de paso fortalecer la producción agrícola. Aunque las dificultades de la comunidad rural son evidentes, es claro que la agricultura ha sido determinante para la economía del país y para su desarrollo sostenible, pero la pandemia puso al descubierto la fragilidad del sector agricultor, pues si bien es cierto que el agro ha permanecido activo durante el aislamiento obligatorio, la oferta ha sido mayor a la demanda y en algunas regiones la imposibilidad de movilizar los alimentos tiene en enormes dificultades a los productores. Hasta el momento el Estado no ha oficializado las pérdidas en las cosechas, la Organización de las Naciones Unidas para Alimentación y la Agricultura realizó un estudio de valoración en 20 departamentos, donde encontró que el 90 por ciento de los agricultores reportó crisis, debido a los elevados aumentos en los agroinsumos, fenómenos climáticos y los bajos precios que les pagan por sus productos; es decir están trabajando a pérdida, por lo que, sobrevivir en el campo es demasiado difícil, muchos son discriminados, ignorados y olvidados; aunque hay conciencia de que, sin agro no hay progreso, ellos no reciben la atención que merecen y necesitan; ejemplo de ello es la educación rural, la cual es manejada con muy poco interés desde el gobierno, inclusive el Sena no hace los esfuerzos necesarios para llevar formación tecnológica a los hijos de los campesinos, teniendo en cuenta que esta población se está envejeciendo, y los jóvenes están migrando a las ciudades, lo que afecta los niveles de producción. La deuda de los gobernantes, políticos, líderes y ciudadanía en general con nuestros campesinos es grande; por eso es urgente dignificarlos, visibilizarlos y empoderarlos de su entorno, pero para eso es prioritario conocer sus necesidades, sus sueños, sus anhelos y sus angustias, para brindarles apoyo a través de asistencia técnica, asesoría, capacitación; con la implementación de cadenas productivas, y la consolidación de alianzas con grandes supermercados para que los intermediarios no continúen quedándose con las ganancias, y los campesinos con sus dificultades. Una reforma agraria es urgente. 
 


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