Opinión / ENERO 28 DE 2021

Carambola

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En una mesa de billar en Salento, después de 27 años, me entero que mi padre es zurdo. Se levanta, es su turno, mira cada bola, analiza cautelosamente la jugada con cada una de las posibilidades físicas, geométricas y lógicas que puede tener la tacada. Pule de tiza la punta del taco, traga saliva, se acomoda y en cuestión de minutos hace una, dos, tres carambolas. Son las cinco de la tarde de un sábado decembrino y apenas puedo comprender la sabiduría que le da sombra a mi padre.

Ese día aprendí algunas cosas del billar tres bandas que no esperaba: la importancia de los diamantes en los lados de la mesa, que funcionan como puntos de referencia para planear la jugada y dirigir la trayectoria de la bola; la necesidad de no puchar las bolas al contrincante, que básicamente se traduce en atacar: no dejarle el camino fácil al otro; y la delicadeza, la paciencia con las que se debe imaginar cada jugada: sin afán, sin ambición ni terquedad, pero sin temor. Casi como la vida, papá.

Lleva 25 años siendo aprendiz del billar. No compite por placer y puede jugar hasta tres o cuatro chicos con sus amigos, en una misma tarde. Hace poco, mientras almorzábamos, le pregunté si quería pensionarse. ¡Claro, hija! Es más, no me cabe en la cabeza cómo carajos, a estas alturas de la vida, hay gente que dice no querer pensionarse porque se morirían de tedio sin hacer nada. ¡Hombre! –continúa–, hay que empezar a vivir la vida de uno, la propia, porque uno se la gasta toda viviendo la de los demás, haciendo lo que diga el jefe, derrochando el tiempo en un escritorio ajeno. Olvidándose.

“Nunca tuve un reloj, / pero ahora las horas transcurren ya sin ansias, como un vals”, dice el poeta antioqueño Darío Jaramillo Agudelo en uno de sus versos sobre el olvido. Por supuesto que mi padre se olvidó de él por más de cincuenta años –como todos, seguro–, pero se acaba de encontrar. El olvido –entre otras cosas– sirve para eso, dijo una noche el escritor Ramiro Palinuro, para reconocerse y encontrarse de nuevo en las íntimas grietas de la existencia.

Luego de cuatro años fuera del país, con los pies cansados de trabajar y la piel cruda a causa de los largos inviernos, papá regresó. Ahora juega billar día de por medio. Ahora camina sin frío. Ahora tiene tiempo. La maleta con la que aterrizó es más pequeña que con la que partió, pero eso no sucedió con sus sueños: a sus sesenta años, sentados en una mesa del acostumbrado restaurante, mi padre dice que este es, sin duda alguna, el momento más feliz de su vida. Papá, le digo, acabas de hacer la mejor y más importante carambola de todas. 


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