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Opinión / MARZO 04 DE 2024

Carta al padre Camilo Torres

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Camilo, el quince de febrero, después de recorrer con un ramo de rosas en mis manos, los cementerios de Colombia, buscando tu tumba, viajé hasta Cimitarra, y una campesina que te ama tanto como yo, me llevó al lugar donde en el fragor de la batalla, entregaste tu vida por amor a la humanidad. Ahí donde caíste, dejé mis rosas, que se confundieron con las miles que todos los días te llegan de los miles de latinoamericanos que te recordamos con alegría.

Cuando dejaba mis rosas, en el mismo sitio donde regaste tu sangre, una paloma se posó en tu hombro y del cielo bajó una voz “Este es mi hijo muy amado”, y el Jesús, no el de la cruz, sino el de los obreros, empezó a cantar “Cuentan que tras la bala se oyó una voz, era Dios que gritaba revolución” “Lo clavaron con balas en una cruz, lo llamaron bandido como a Jesús”. Camilo, en medio de mis lágrimas los vi sentados en una nube, Víctor Jara, Manuel Torres y Ulcué Chocué le hacían el coro a Jesús Obrero “Camilo Torres muere para vivir”. Todos disfrutaban el plato de los dioses, una ambrosía y una botella de néctar. Recuerdo que te pregunté, dónde está tu cuerpo, Jesús obrero se adelantó y me dijo, “Está en los atrios, en los campos universitarios, en el sudor de los pescadores, en la esperanza de los obreros, en el músculo de los leñadores, en las lágrimas de las madres de los desaparecidos, en los niños que maman tetero sin leche, y en los padres, que como dice el tango, teniendo sus manos fuertes, tienen que apretar sus brazos cuando el hambre llega”.

Camilo, al lado de Jesús obrero estabas con tu sotana y tu sonrisa, la misma sotana que vestías en 1966 cuando pronunciaste el discurso que precedió tu ingreso a la guerrilla del amor, y donde afirmaste que serías sacerdote para toda la vida, y que el abrigo de tu alma sería tu sotana, porque el hábito no hace al monje. Dejaste claro, querido Camilo, que eras sacerdote, no porque te ordenó un obispo, y no dejaste de serlo porque te hayan reducido a la vida laical. Eres sacerdote por tu amor al hombre, y tu sacrificio por él. La grandeza de tu sacerdocio consistió en no arrodillarse ante el cristo de yeso de los altares, sino en caminar a su lado, por los caminos del hambre, la miseria y la desigualdad. pero como también lo canta Chavela Vargas, “Donde cayó Camilo nació una cruz, pero no de madera sino de luz”. Camilo, vives en los sacerdotes de Jesús Obrero, en las lágrimas de Fantine y la sangre de Gavroche, en el hambre del vecino, en los estudiantes de Violeta Parra, y en la sangre de los caminos. Tu evangelio es el tercer testamento que se escribe día a día con las lágrimas de los miserables, y el dolor del hambre. Donde caíste  “Nacieron mil, cien mil camilos listos a combatir”.

Camilo, saluda de mi parte al sacerdote Ulcué Chocué.
 


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