Opinión / MAYO 20 DE 2021

Castrillón 

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Conocí primero la leyenda. La anécdota salía de una boca para anidar, enriquecida, en otra. La recuerdo, más o menos bien. Un joven le entregó un libro inédito de poemas. El nombre del temerario variaba, según quien contara la historia: para unos era un estudiante de literatura; para otros, un plumífero nacido en lejanas latitudes. No importa. A la semana, con el pecho henchido de orgullo, el bardo en ciernes fue a la oficina, seguro de la lluvia de aplausos. Al verlo acercarse, el profesor extrajo de su maletín el conjunto de hojas, lo extendió al poeta. La cara del otro se desplomó de la confianza al pasmo al oírlo decir: “las rompe usted o las rompo yo”. Una noche, mientras le dábamos las puntadas de cierre a una antología de Baudilio Montoya, le hablé del rumor de pasillo, le pregunté por su veracidad. Sin darle vueltas, la desechó con un gesto de la mano. Sacó de su biblioteca un libro –oloroso a nicotina, como todos los suyos– y habló de otra cosa. 

La gente lo conoce, lo cita por su apellido a secas. Castrillón dijo aquello, Castrillón afirmó esto. Incluso los amigos antiguos, los de la época de Sonorilo –Jorge Iván y Juan Aurelio García–, no suelen llamarlo Carlos. Nunca asistí a sus clases; sin embargo, al hablar con él empleo la palabra profe. En la universidad lo miré con el respeto y la irreverencia de los jóvenes ante el mandacallar del barrio o la aldea. Es un tipo inteligente, no hay duda. Una mente metódica, rigurosa, humorística. Un estudioso dedicado de lleno a buscar pepitas de oro en la literatura del municipio, de la comarca. En esta tierra –ahíta de diletantes, de aficionados al arte–, su disciplina cartuja asombra. Castrillón ha sido, a pesar del Quindío. En la casa familiar de la Isabela, aprendió esperanto y ajedrez con la lectura de un manual. No obstante, empalagan el servilismo de muchos con él.  

De él –gracias a Aurelio– conservo una frase, síntesis de su vida. En los años de Sonorilo decía: “Felicidad que esté a más de dos metros de mí no me interesa”. Si no recuerdo mal, Castrillón no ha sido viajero. En la juventud fue a la URSS luego de ocupar el primer puesto en un concurso de poesía. Tras el terremoto del 99, pasó unas semanas en Antioquia. De mil maneras, su existencia tiene raíces profundas en el Quindío. Aquí tuvo cuatro hijos, estudió lingüística y literatura. Gran parte de su oficio intelectual ha versado sobre los letrados de este pedazo de la patria. Contribuyo a la leyenda con otra sentencia. Hace año y medio le llamé a preguntarle por la presea concedida por la alcaldía de Armenia. Con bochorno, inquirió cómo me había enterado. Fanfarroneé: “Los periodistas tenemos fuentes, profe”. “Hay condecoraciones que no condecoran”, dijo y se carcajeó con los fuelles del fumador. En efecto, los premios no dan esplendor. A veces, los brindis, las palabras de los amigos sí lo hacen. Ojalá este sea el caso. 


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