Opinión / ENERO 15 DE 2021

Cazador de venados

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Cuando regresé a Barranquilla habían pasado 25 años desde que  la conocí en  viaje por media  Colombia, con 16 años, ayudante  en el camión  de mi hermano Mauricio; no imaginé  que volvería a  conversar con el cazador de venados de Pijao. Entonces cuando iba a la escuela, la geografía de Pijao era inmensa: el Chocó que vio la prima, Tuluá donde mi tío tenía casa, Manizales de lluvias tristes, Bogotá de donde venían mis primos en vacaciones, Neira de donde llegó papá a los 19 años, Muzo de estruendo de paisanos  que se  jugaban la vida por  esmeraldas.

 No hay  pueblo como Pijao para sentir Colombia. Con  infraestructura de transporte saqueada entonces y ahora;  ir a Pijao o irse era ser mayor de edad.  Que los Gallón se  fueron, que José Flórez está en Leticia, que Alí  Saleg de Palestina abrió tienda en Pijao con afiche de la  República Árabe Unida. Pijao, vaivén de  corotos,  baúles,  hijos,  mujeres, amores, o de una vez y para siempre a la costa del Caribe. Soy  del centro de Colombia decía yo con quince años. Sonaba en un esquina “Donde andarán, donde andarán”.

Con 29 años volví a la ‘Puerta de Oro’  a presentar  mis libros. En el hotel  de ruidoso abanico contra el calor, me acordé que los Gallón vivían en Barranquilla. Llamé al número  que me dio  Mónica, líder de Pijao sin prisa. José María Gallón que una mañana remota se fue con su familia, vivía su nueva vida en calle de palmeras y vecinos de apellidos árabes, en la casa grande donde venteaba la brisa  del Caribe en enero.

 Se me quedó el corazón en la voz cuando oí a  Fabiola Arango de Gallón; amiga inolvidable de mamá que  la recordaba con complicidad de quienes contaban los meses de los nacimientos de sus hijos, las lágrimas del destino y la felicidad de la suerte. 18 años que no la veía; mamá me encomendó que le contara todo. Al fin estaba en a su casa de  ventanales en la ‘Arenosa’. Yo era niño cuando se fueron los Gallón, tribu crecida ahora, María Teresa, Amparo, Gustavo; los nietos y  acento costeño en las preguntas: ¿se acuerdan de...?, ¿qué fue de..?  Las testas de cornamentas esa tarde vigilaban con pupilas vivas de venados de cacerías.

Apenas tenía un día. A las 7 a. m. me despedí, José M. Gallón, cazador de venados, de pocas y sopesadas palabras, dijo -Flórez, lo arrimo al aeropuerto. Atravesamos  ventoleras de rockolas,  bullarangas de voceadores de arepa e’ huevo; se me volvía agua la boca viendo morenas exuberantes; entramos a calles de cacharreros. Y llegamos. Al  negocio de Gallón: vitrinas de abultadas esclavas de oro, sortijas de esmeralda, pistolas sin oficio,  empeñadas en fiestas  de carnaval. 

 Tomamos tinto. José María, de índole silenciosa de cazador, estaba ahí sin hablar. La calle, ruidosa. Se acordó de montes y venados en Pijao -me gustaba que mis perros tuvieran nombres fuertes, uno fue  Kalimán. ¿Cómo va a llamarse Firulai un perro de cacería? Casi sin decir recordamos Pijao mientras venía el taxi al aeropuerto de vuelta a Bogotá. Hoy se me vino a la mente José María Gallón cazador de venados que se fue para Barranquilla. 


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