Opinión / MARZO 18 DE 2021

Cicatriz

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Dos cicatrices cruzan mi abdomen. La primera —horizontal, tosca sutura— está conmigo desde las neblinas de la vida: con apenas un mes de nacido, la estenosis pilórica me condujo al quirófano. Dicha afección impide el tránsito de los alimentos del estómago al intestino delgado. Se presenta en primogénitos blancos. Las huellas del bisturí crecieron al ritmo de mi edad. En la niñez, el temor a las burlas me condenó a usar camiseta en los partidos de fútbol, en las piscinas y los ríos. Esa marca es la señal de un tiempo anterior a la memoria personal, un vestigio de mi prehistoria. La segunda —vertical, gruesa, rosa— llegó a mis veintipico. Una apendicitis mal diagnosticada mostró los amarillos dientes de la peritonitis. Un dolor de muerte aferró mis nervios, hizo de los músculos un camino de piedra ardiente. Ambas intervenciones las efectuaron en la Clínica Sagrada Familia. Mis tripas son campo de batalla, el filo de la navaja de las parcas.  

Nada sé a ciencia cierta sobre la primera operación. Los recuerdos son ajenos: sin quererlo, he heredado las disputas primigenias entre los clanes materno y paterno, la ponzoña. En las palabras de abuela E., padre fue un villano a carta cabal: nunca se preocupó por el peligro de abrirle la panza a un neonato ni me visitó en las salas de urgencia y pediatría. Hasta hace poco esa fue la versión oficial, la única. Luego, en una noche de copas y cigarrillos, padre, sin pedírselo, contó la suya. Decidí escucharlos a todos, asentir ante cada sentencia, pero no abrazar banderas de otros. Al fin y al cabo, me guste o no, soy a medias Castaño, a medias Guzmán. La disputa de los apellidos se exacerba —lo sabe la prole de matrimonios rotos— cuando la ruptura sentimental está condimentada por las infidelidades, por el embuste. De alguna manera, nadie sale ileso de semejante brete. El estiércol salpica, se adhiere a la epidermis. 

Por el contrario, los hechos previos, en y posteriores a la peritonitis se sembraron en los surcos cerebrales. Menciono cuatro. El dolor. Siempre el dolor. Se extiende/coloniza/controla/macera. Al menos en mí, la dipirona inyectada produce alucinaciones, delirios. Un balde de agua cae en la cabeza, la hace trabajar con frenesí. Ninguna imagen dura en la retina más de diez segundos. El mundo adquiere una rapidez distinta, pegajosa. Los fármacos les otorgan plasticidad a los adjetivos, los ensanchan. Y, entonces, “Pájaros”. Suspendió sus asuntos, los oficios académicos: pasó a mi lado las cinco noches del reposo posoperatorio. En una agenda apuntó mis balbuceos, los horarios de visitas de médicos y enfermeras, las idas al sanitario. Después, en casa, redobló el cuidado. Era diligente en las liturgias de mi aseo, en los menesteres del ánimo. Cortaba la carne en trocitos, la introducía en mi boca. Vale su peso en diamantes, oro, perlas, pinturas de Picasso. Un mes tuve la herida abierta: leí dos novelas, una de Fernando Vallejo, la otra de Paco Umbral. La espiritualidad consiste en hacer las paces con las cicatrices, con el despojo.


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