Opinión / SEPTIEMBRE 02 DE 2021

Cinco minutos con el alcalde de Armenia

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Nunca lo había visto en persona. Sí su rostro en los afiches de la campaña o en el video sobre fantasmas. Llegó con retraso: se le esperaba para iniciar la reapertura de la Biblioteca Municipal. Saludó de puño —la etiqueta del covid— a la gente apostada en la puerta. El público estaba compuesto por funcionarios de Corpocultura. El alcalde fue una sonrisa. Lo miré ir de un lado a otro, dejando a su paso caras risueñas o marcadas por la consternación. José Manuel Ríos tiene la retórica corporal de los telepredicadores: rompe la distancia de su cargo con muestras de afecto empalagoso. Sentí un trozo de hielo en el pecho, un coágulo de bilis en el inicio del estómago. Me pasa al conocer a los mandatarios. Al tenerlos cerca, la molestia se transmuta en una leve rabia: aletea en mi boca para salir en la forma de una pregunta, un comentario. Lo vi venir. Le solté: esperábamos más de usted. Parpadeó, cambió la postura. Los ojos claros enfocaron. ¿Cómo dice?, atinó a decir. Sí, alcalde, Armenia no soporta otro fiasco.  

Los políticos dividen a la ciudadanía entre los amigos y los adversarios. Los primeros son dóciles, blandas manos. Aplauden cada suspiro, vitorean hasta el mínimo espasmo. Los otros, los segundos, no entienden la maquinaria del Estado, ignoran el trabajo de quien empuña las riendas. En las mentes de los alcaldes, concejales, gobernadores, diputados los inconformes albergan fines malévolos. El alcalde trató de disipar mi ignorancia: aludió cifras de su gestión, se quejó de los medios noticiosos, dejó entrever un plan para menoscabar su imagen, la de su equipo. Los poderosos no escuchan, hablan al punto de fatigar el lenguaje, dejarlo vacío. Monopolizan la palabra. La sociedad debe ser una enorme oreja hambrienta, nada más. En una pausa de la cascada de números, colé una nota: alcalde, la mejor manera de conocer una ciudad es la de caminar por su centro. El de Armenia es nido de la pobreza, la delincuencia, el desempleo, el microtráfico de droga, el comercio sexual. 

¿Es usted abogado?, quiso saber. Soy docente. Ah, suspiró, cuando quiera hablamos de educación. Se fue. Nunca preguntó mi nombre: solo fui un rostro incómodo oculto por el tapabocas. La jefe de protocolo y el fotógrafo lo aguardaban en la mesa principal. Salí del recinto. La Biblioteca Municipal es una afrenta a la cultura. Su lugar en la geografía urbana señala la poca importancia concedida a ella por los burócratas. Armenia es un fraude, una mentira: la apatía ciudadana y las lógicas electoreras —consagradas por la inercia y la penuria- la convierten en un caos, en un infierno grande. José Manuel Ríos es otra salida en falso. Se suma a la larga lista de alcaldes incapaces de enfrentar los problemas de un pueblo sin norte. Su retrato brilla en el limbo de la insuficiencia. Allí están Alba Stella Buitrago, Mario Londoño, David Barros, Ana María Arango, Luz Piedad Valencia, Carlos Mario Álvarez. Los monarcas de la mediocridad. 


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