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Opinión / MAYO 23 DE 2012

Ciudad

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Inimaginable en alguien emoción semejante. Del sótano donde vivió décadas de encierro, impuesto por padres vergonzantes de su limitación física, la venía liberando de a pocos mi amiga, adalid de la población con discapacidades. Apropiada en el momento del ascensor panorámico, permanecía la novel usuaria del aparato en éxtasis contemplativo desde la altura máxima, aferrada a los brazos de su silla de ruedas. No era solo el vértigo, el brusco movimiento ascensional y el vacío recién experimentados; era también su visión de la ciudad, de las ciudades, abarcables desde allí.

El fogoso sol vespertino, su lúdica de reflejos y sombras recortadas contra las edificaciones, coronada de grises la cordillera, el calado reticular de manzanas y calzadas, el discurrir rumoroso de automotores y equipos de construcción, su cercana Calarcá al otro lado del pequeño cañón del río Quindío, en la base de la montaña, colmaban sus recipientes anímicos. Nadie intentaba acallar exclamaciones de asombro, de interrogativa angustia frente al monstruo urbano. Descendamos con ella al pavimento.   

 Con las ciudades, cualquiera su conformación, las personas, las comunidades, establecemos forzosas y complejas relaciones de habitabilidad, apenas percibidas por la masa absorta en rutinas de supervivencia. Afanes de quienes inventamos tareas por cumplir, y deambulares desesperanzados de otros con menor compromiso o fortuna; destinos, objetivos precisos de algunos, y ocioso o gozoso vagabundeo de muchos; calles, avenidas y espacios abiertos albergan el inextricable tejido de construcciones, actividades, intereses, afectos.

A conciencia o ausente esta, conducimos vehículos, somos usuarios del transporte público, caminamos disputando a codazos aceras y andenes con el asfixiante bazar callejero, con los minutos de todo operador, indiferentes a la ínfima presencia vegetal, al ámbito plástico, a arquitecturas y a poéticas del sonido, color o movimiento, en codicia de rostros, de cuerpos; comparando, tasando nuestras figuras reflejadas en vidrieras con ideales estereotipos; atendiendo como autómatas sistemas de señales y mínimos códigos de convivencia.

Mayor interés capta la exhibición comercial: las pantallas televisivas de última tecnología, prendas de moda, tabletas electrónicas, computadoras portátiles. Hablo del peatón raso, no de quienes hacen del poblado guarida y campo de fechorías en contra de sus semejantes, de quienes sacan ventaja del desprevenido; no del corrupto guardián del arca pública prevalido de arsenales burocráticos de gran poder destructor. Para ellos, pese a todo, la apetitosa ciudad también existe. 

 A pesar de tendencias globalizantes, de modelos impuestos por la dinámica consumista, las poblaciones, unas más que otras, conservan ciertos rasgos particulares. Clima, altura sobre el nivel marino, topografía interna, componentes étnicos y socio-económicos, determinan comportamientos colectivos.

El nuestro, el quindiano, aún se percibe amable con nativos y visitantes, más por el modo de ser cálido, abierto, de sus gentes, menos por el diálogo en armonía de sus elementos físicos: Naturaleza, arquitectura, entramado vial, paisaje. Los forasteros perciben la ciudad y su entorno con mayor intensidad, aún bajo condiciones de precariedad en espacios de solaz, de sosegado disfrute.

Pocos, mal mantenidos, peor comprendidos, abusados, narcotizados, parques, plazas, permanecen en espera del aprecio público, de manos y recursos para su cuidado, del teatrero, del mimo, del enredista cuentero, del músico vernáculo. Armenia no interactúa con su entorno natural, con sus cañadas e idealizada vegetación; no los implica en su espíritu. Las Ciudades Amables prometidas no aparecen.

 ¿Cuánto de Sodoma y cuánto de Alejandría; en qué proporción Nueva York o Atenas, cuánto del Cuzco, en las solemnes cumbres andinas y cuánto de Constantinopla, vínculo de mundos diversos, querríamos para nuestras ciudades? Mario Rivero, Martha Usaquén, Gustavo Rubio con sus poemas poblados de crudo urbano, bajo el brazo, merodean por la vecindad. La ciudad, cuerpo frenéticamente copulado y  luego objeto de desprecio, yace a nuestros pies.

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