Opinión / JUNIO 30 DE 2009

Confieso que me encantó

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El martes pasado, a eso de las cuatro de la tarde, me llamó Jaime Lopera para que lo acompañara al aeropuerto a recoger a no sé qué personas que venían al II Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales de Calarcá. Le dije que sí porque me cogió “cortico” y no me dio tiempo de pensar, pero realmente confieso que el programa de ir a esperar desconocidos no me era atractivo.

Declaro que pensé en alguna escusa para sacarle el cuerpo a la invitación de esperar en un aeropuerto. ¿Qué tal un dolor de estómago o de muela? Pero como no sufría nada de eso, no tuve otra opción. Entonces, me vi a las cinco y media en un aeródromo que en su fachada reza: “Aeropuerto Internacional El Edén”.
Y para colmo de males, mi amigo no sabía en cuál de las tres aerolíneas que llegan a Armenia venían los escritores y por obvias razones no tenía certeza de la hora de sus arribos.

Esperamos por espacio de dos horas con una hoja de bloc en la mano donde se leía: “II encuentro de escritores”, en una terminal internacional carente de pantallas de información de salidas y llegadas, donde la mayoría de pasajeros y acompañantes esperan de pie en estrechos pasillos ante la escases de sillas, donde sólo hay una cafetería con cuatro mesas y donde el sitio destinado para comidas continúa cerrado luego de varios meses de ampliado el edificio.

Allí comprendí que El Edén era de la Aerocivil, no de los quindianos, entidad que lo administra como le venga en gana sin que haya dolientes en la región.

Durante el largo tiempo de espera escuché un monotemático monólogo de Lopera acerca del encuentro de escritores, hasta que por fin llegaron nuestros personajes. Y, ¡oh sorpresa!, eran nada más ni nada menos que William Ospina y Nahum Montt. El primero reciente ganador del premio Rómulo Gallego por su novela El país de la canela y el segundo Premio Nacional de Novela 2004. Acto seguido nos dirigimos a un restaurante del norte de Armenia donde se dio una improvisada tertulia acompañada de un sirac y maduras carnes.

Montt, con su aspecto de gozón y bonachón, hizo las veces de reportero de la historia sacándole jugo a las disertaciones que sobre Bolívar y en especial sobre Humboldt hiciera Ospina. Qué fascinante fue oír la accidental forma en que el alemán llegó al Caribe colombiano, su viaje por el río Grande de La Magdalena, su remontada de la cordillera Oriental para llegar a la sabana, su encuentro con Mutis, su paso por el camino del Quindío acompañado de Caldas y Bonplad, su llegada a Cali y Popayán donde Caldas los abandona ante la curiosa relación que descubrió entre los científicos viajeros. En fin, fueron esos amenos e interesantes relatos matizados con no pocos apuntes de historia que hacía Lopera, lo que me llevó, además de olvidarme de la invitación al aeropuerto, a darle gracias a la vida por haberme dado la oportunidad de disfrutar una velada insospechada en compañías de dos grandes de la literatura contemporánea y de un amigo como pocos tengo.

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