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Opinión / DICIEMBRE 21 DE 2022

Contragolpes

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Sin el sombrero chotano -hasta meses atrás abusado emblema populista, finalmente en desuso por ruego familiar-, reducidos a mínimos de apoyo popular él mismo y su gobierno, a partir de sucesivas denuncias de corrupción, probadas por la Fiscalía de su país, luciendo en la ocasión un costoso terno y corbata satinada, voz firme, incapaz de controlar el temblor de las manos con el impreso en lectura, Pedro Castillo, personaje extraído del más audaz realismo mágico, sindicalista magisterial de pobre caletre e ínfima capacidad discursiva, elegido el año anterior presidente de Perú por votación, en impugnado conteo, cometía ante las cámaras de televisión oficiales, un harakiri político sin antecedentes en la faz del orbe. Sin respaldo parlamentario ni militar, de espaldas a su propio gabinete ministerial, azuzado apenas por una pareja de oportunistas burócratas, pretendió disolver el congreso, cesar y reorganizar el poder judicial, gobernar por decreto, entre otras sandeces, emulando en suma dictaduras sepultadas por la historia. Caricatura peripatética de golpe de Estado con efectos jurídicos, penales, hilarantes incluso, si no existieran de por medio riesgos, a esta hora, 10 días después del hecho, letales realidades, de caos institucional y violencia callejera, con decenas de cadáveres y enormes destrozos a cargo. De contera, tras la cascada de inmediatas y obvias consecuencias, la primera, su vacancia, declarada por el parlamento que quiso destruir, pretendió asilarse en la embajada de México, deseo impedido por los mismos policiales, hasta minutos antes su escolta. Todo un episodio de Ionesco, referente literario del absurdo, del surrealismo de Bretón o Buñuel, o del por estos días recordado Gabo, muy a pesar de su diatriba hacia otoñales patriarcas, entusiasta del totalitarismo castrista.

Agréguense a lo anterior el traslado del a aquella hora ya expresidente, a una comisaría de Policía del centro de Lima, en compañía de su incondicional expremier, donde fue notificado por la Fiscal de la Nación, bajo severa y sostenida mirada, de su condición de detenido en flagrancia, entre otros, por los delitos de sedición y rebelión, teniendo como fondo de videos y fotos periodísticas, un rincón-altar, con varios iconos religiosos católicos y en plano intermedio un dragón chino, de connotaciones esotéricas. ¿Qué falta para sumar el presente capítulo a los más deplorables de la reciente historia latinoamericana? Ni siquiera la luctuosa impronta de la izquierda política, madrina de la aventura castillista y de sucesos aún inconclusos, cuyo perdedor neto será el pueblo peruano, legatario de asombrosas civilizaciones, una de estas fundadoras de las primeras ciudades-estado en nuestro sur continental, hace más de 5.000 años 

Muchas son las facetas a analizar tras la ilegal, condenable, por gracia fallida, toma del poder en el Perú. Una, de directo impacto en la actualidad colombiana, es la postura del presidente, en lógica coincidencia con sus colegas rojos de México, Bolivia, Argentina, condenando, no el pretendido golpe, sino la reacción institucional de la nación peruana, ceñida a su Constitución. Tal actitud abre temerosos signos de interrogación acerca del dudoso talante y compromiso democrático de nuestro mandatario; aunque vista en conjunto, armoniza en el compadrazgo con Maduro, Ortega, AMLO, y demás mamertos, hoy borrachos… de poder. 


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