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Opinión / ABRIL 05 DE 2023

Cosmomensajes

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Dominante en el planeta Tierra, ínfima partícula de un sistema estelar extraviado entre los millones de similares con diversas características que conforman la Vía Láctea -esta galaxia a su vez mínimo componente de la infinitud universal-, la especie homo, llegada como incidente excepcional hace apenas un instante cósmico, tasada la edad del universo en 14.000 millones de años, y la del género humano en menos de 300 mil, se muestra corta y pretenciosa en sus razonamientos, respecto a la posibilidad cada vez más próxima a la convicción, de vida inteligente en otros mundos. En cuanto a avistamiento de objetos voladores o mensajes enviados-recibidos del cosmos profundo, porfía por ejemplo en partir, entre innumerables supuestos, de una única, exclusiva, forma de existencia, dotada de pensamiento, asimilable a la surgida, desarrollada, y sometida al proceso evolutivo, en continentes y océanos de nuestro globo terráqueo: un sustrato material atómico-celular individual que nombramos cuerpo, con suficiencia para multiplicarse, para transformar a voluntad gran parte de la misma materia que lo rodea, en función de activa y cómoda supervivencia, guerrearse con sus semejantes, poseer un cerebro pensante que se autogestiona y gobierna, que le permite, con frustrantes limitaciones, comprender cada día con mayor extensión y parámetros más precisos, su propia condición vital, el medio donde le fue dada, etc. 

No obstante, su misma lógica, derivada de la razón, ahora bajo amenaza por parte de la artificial, obliga a concluir en la posibilidad, mejor dicho, certeza, de otros tipos de inteligencia; los mismos que, si se hacen visibles o percibibles de cualquier forma, a nuestra pobre comprensión, tendrían que ser, por fuerza, mucho más avanzados que los terrícolas, no limitados a prosaicos parámetros de tiempo, espacio, luz, sonidos, fuerzas gravitatorias, entre otros. Una sola consideración: se habla de posibles respuestas detectadas al mensaje diseñado por Carl Sagan, enviado al espacio por la Nasa en la nave Pionner 10, en 1972. 

Quienes alimentan fantasías seudocientíficas, representan los extraterrestres con formas humanoides, tipo ET, popular personaje del celuloide; les atribuyen rasgos físicos, pensamiento o comportamiento “humanos” -igual ocurre con la personificación de dioses y deidades a través de la historia-, y quieren ver en formas geométricas de cultivos de cereales o en señales de radio por ahora inexplicadas, respuestas a las imágenes codificadas del gran Sagan. Pocos se detienen a meditar en lo inadmisible de semejantes supuestos. Tales señales de respuesta, implicarían, si ello fuera factible -y no lo es en manera alguna-, en nuestras escalas físicas, 25 años de viaje a la velocidad de la luz, máxima posible, y el mismo lapso para la respuesta. El obvio interrogante: pese a absurdos, qué son 25 años luz en términos cósmicos: muy, pero muy poco. El antejardín del predio residencial. La distancia desde nuestro sol, desde el corazón de la Vía Láctea a la vecina galaxia, Can Mayor, es de, “apenas”, 26.000 años luz... Conclusión: refrenemos la imaginación. Aterricemos.
 


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