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Opinión / DICIEMBRE 07 DE 2011

De livianos mandatos

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Desconfío del sello light en productos alimenticios. ¿Cómo verificar su composición anunciada en el empaque, respecto al real contenido de azúcares, grasas, y otros venenos? Aún si coincidieran, la presencia o restricción de ingredientes no garantiza beneficios. Duda adicional causan los efectos secundarios; tal el caso de edulcorantes artificiales, promocionados como sustitutos inocuos del azúcar, pero también temidos como factores cancerígenos. Puede obrar el efecto placebo: tranquilidad inducida al consumidor por la supuesta “comida sana”.

Tampoco convencen los gobiernos con similar marquilla. Gurús mediáticos los prescriben para naciones convalecientes, tras superar crisis convulsivas con alto riesgo de disolución. Mandatos livianos, de bajo contenido energético, pausas de enfriamiento tras periodos de mano dura, son recibidos con entusiasmo por las masas, proclives ahora a la simpatía, a la sonrisa analgésica de un presidente; ya no al rostro austero, voz autoritaria frente a cámaras y micrófonos, antes venerados como providenciales salvavidas. Inciden los medios de información, eficaces para erigir ídolos y derruirlos luego a conveniencia o capricho de sus directores.

Gobiernos de transición, les dicen; talante amigable y decisiones blandas; conceden, transan, negocian coaliciones amplias para garantizar mayorías parlamentarias; visten traje democrático de corte inglés. Suelen cubrir su espalda proyectando desde el día de posesión y hasta cuando los incautos lo toleren, una imagen de caos precedente a su ingreso al poder. Antes todo era desorden, todo corrupción. Ellos y sólo ellos encarnan valores positivos.

A pocos conmueve en nuestro caso colombiano, si con desmemoria y gelatinoso discurso se eluden actos e implicaciones: el mandatario actual fue importante pieza orgánica del gobierno anterior, sucesor por designación expresa, y elegido con sus mismos votos.

Bombas lanzadas a territorio ajeno, falsos positivos de la milicia que comandó, millonarios pagos por falsa información a los mismos asesinos, por homicidios y manos cercenadas, entre otros hechos punibles, se han ocultado cual basuritas bajo la alfombra de la Casa de Nariño, mientras sus excolegas de gabinete confrontan juicios prefallados de origen político.

El ministro Santos, con postura oficial de amenaza terrorista sin conflicto interno, acérrimo denunciante de Chávez por su franco apoyo a la subversión, es hoy, presidente, el mejor amigo del peor vecino, aún con la certeza de la permanencia consentida de las Farc en Venezuela, y promotor de leyes que recategorizan el terrorismo. Exitosa, para muchos, diplomacia de resignación, a cambio de un artero puñado de petrodólares.

Pocos y solo aparentes cambios para encausar al país hacia la Prosperidad Democrática durante 15 meses de desempeño: nuevo nombre (ningún desmonte) para el programa Agro Ingreso Seguro, útil herramienta de productividad rural estigmatizada por los medios; deleznables positivos en el tema salud y en la Dian: denuncias sin sustento probatorio, intervenciones a EPS sin solución estructural; gran minería y extracción de hidrocarburos en auge, presionando al alza revaluación, pobreza y desempleo, pero con precios de estafa en combustibles; TLC con los Estados Unidos y otros países, sin infraestructura de soporte (vías, ferrocarril, puertos, aeropuertos, navegación fluvial) ni proyectos en ejecución.

La popularidad presidencial, sin embargo, cabalga a lomos de dócil percherón. Ningún sobresalto se prevé, tampoco ahora cuando tres balas militares (¿a quemarropa?) le evitaron el bochorno de la interlocución con un sanguinario comandante, “actor del conflicto”, y disparos asesinos de las Farc contra sus secuestrados nos resitúan en la caverna. Marcha atrás en la errática propuesta de reforma a la educación superior, lenta e ineficaz reacción frente a una tragedia invernal con dimensión cataclísmica, pasos de elefante samperista en los pasillos de ministerios y Fiscalía General, no hacen mella por ahora en la imagen presidencial. Efecto placebo. Consumamos gobierno light mientras el cáncer avanza.

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