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Opinión / NOVIEMBRE 01 DE 2023

De los ruedos a los peludos

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Reflexión derivada del mensaje enviado por una amiga de tendencia “progre”, a quien admiro y aprecio. La imagen muestra un torero, vestido de luces, sentado, mano en la barbilla, en actitud de tristeza y abatimiento. La acompaña un microrelato que expresa el sentir del diestro al saberse “perdonado” en un momento de indefensión frente a un toro.

Entre rarezas que en algún momento sumaron en gustos o aficiones, por razón que ignoro, asociada quizás a los “triunfos” de nuestro compatriota, César Rincón en los ruedos españoles -a propósito, qué destino tendría-, di en escuchar en lejana época, con sostenido interés, los relatos radiales de las corridas en la voz de renombrados locutores y comentaristas; entre otros, cómo no, el gran Pacheco -Fernando González-, patriarca de la farándula nacional durante medio siglo, el popular Parrita, o los chapetones que luego integraron las cadenas a su plantilla de taurófilos. Aprendí bastante acerca del arte de cúchares, del ritual de las faenas, de trajes de luces, capotes, muletas, espadas, cambios de tercios, pasodobles, picadores, y demás términos de la jerga, sin detenerme a pensar en la crueldad -lo confieso con vergüenza- que suponía la conducción hacia la muerte de un animal, entre el encendido morbo del público, en un espectáculo donde el clímax, el orgasmo lúdico, se alcanzaba con el baño de sangre sobre el cuerpo del astado y sobre la arena, a toda prisa remaquillada tras el arrastre del cuerpo exánime. A mi favor, así cause hilaridad el gesto, mínimamente exculpatorio, al momento de la estocada, apagaba el receptor. A ojos siglo XXI, aquel montaje no era más que la cruel reedición del circo Romano, sustrayendo sacrificios humanos, entre vítores de la multitud. Lo más curioso, en mi caso, estriba en no haber asistido jamás a una plaza de toros. No conocí la Santamaría, ni la de Cañaveralejo en Cali, o la de Manizales -pese a haber estado en esa ciudad en varias de sus ferias, en función de comercio-. Jamás llegó mi excentricidad al extremo de adquirir o recibir un boleto de ingreso a cualquiera de estos recintos. En algún viaje a México, en día corriente, y movidos por natural curiosidad, logramos ingresar a la del DF. La sensación, aunque abrumadora por la monumentalidad de la construcción y el solemne silencio, no fue grata; más bien suscitó rechazo y recóndita culpa. ¿Cómo llegó a su fin mi rara fijación? Tal como   ocurrió su incomprensible comienzo.

En cuanto a la actitud del sapiens hacia los animales, hay muchísima tela para cortar. La tauromaquia parece superada. La crueldad manifiesta, evidente, de aquella práctica, es condenable en el actual momento histórico. No lo era hace tres o cuatro décadas. Ahora bien, otra pulsión freudiana, de moda, con la cual no logro armonizar, se apodera de una sociedad hastiada de sí misma. Me refiero a la “personificación” o “humanización” de los animales considerados amigables. Perros, gatos y otros, han ascendido a la categoría de presencias familiares, mimadas por muchos, superando en atención y cuidados recibidos, a niños, adultos mayores, discapacitados. A muchos nos aterran tantos pets, tantos “peluditos”, sobreprotegidos, consumidores de alimentos especiales, con abrigo, vivienda, peluquerías, spas, seguros médicos, exequiales, etc., mientras, por ejemplo, la niñez venezolana o guajira soporta hambre, desnutrición, abandono, deambulando por el mundo sin atención alguna. Claro, de las mascotas no se esperan deslealtades, traiciones, desengaños… se obtienen en cambio manifiestas alegrías expresadas en ladridos, batir de colas, zalemas, maullidos, abrazos piernícolas, oyentes pasivos, sensación de seguridad. Retribución garantizada de afectos, que difícilmente se alcanzan entre humanos. Interrogante dirigido a las legiones animalistas: ¿renuncian o ya lo hicieron, a cuenta de sus convicciones, al consumo de carnes o productos derivados de origen animal? Sus pets no están dispuestos a hacerlo.
 


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