Opinión / JULIO 25 DE 2019

De plumíferos

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En un pasaje de sus diarios Julio Ramón Ribeyro —muy mentado en la prensa española por la reedición de Prosas apátridas— reflexiona respecto a la naturaleza de la escritura, de sus oficiantes. Letra a letra, frase a frase, el aspirante emborrona la obra que a él mismo le gustaría leer. 

De esa manera, los poemas, relatos, novelas, ensayos, crónicas no solo son una conquista de la paciente faena sino también la huella dactilar del talante, de la psique. Frente a esta íntima certeza, la fama y el aplauso pierden el brillo apetecible: se convierten en una suma de malentendidos, de cabos sueltos. En otras palabras, la literatura es una forma –una de cientos– de latir la realidad, de internarse en el dédalo del presente. Tal vez eso tenía en mente Daigu Ryokan al restarle importancia a sus poemas. Lo supongo.

Nunca sé cómo reaccionar —si hundirme en la risa o en el asco— al conocer las intrigas de especímenes de la república letrada para ceñirse en las sienes la corona de laurel. No pocos pretenden con uñas, dientes y codazos abrirse un nicho en el parnaso, en la antología. F. no escatima lengüetazos ni enroques tras el objetivo —enorme, sin duda— de ser invitado a festivales literarios. Para no perder un gramo de vigencia, cada tanto recibe premios de fundaciones fantasmas —de Panamá, de España, de Perú—. Desde luego, se encarga de hacérselo saber hasta al reportero de aldea. Por su parte, J. organiza tertulias impregnadas de vino: allí, con voz quebrada, se lamenta de la miopía de la crítica, de los complots de las editoriales transnacionales. ¿Quién es la víctima de tal conjura? Él, sobra decirlo. El de J. debería ser un nombre usado en las fachadas de colegios, hospitales, bibliotecas. S. escribe los prólogos de sus novelas, se los adjudica a académicos alemanes. Si alguien se atreve a poner en duda su genio, no titubea en llevar el caso a los juzgados. B. emplea los puños de su hermano para apretarle las tuercas al reseñista insolente: ella, una dama, en menesteres de machos no se inmiscuye. M. cree en las propiedades curativas de sus líneas: se disfraza de pitonisa de cultos prehispánicos, preside aquelarres new age. O. vitupera, lanza el anatema contra quien no doble la cerviz ante el pope Rubayata. Y así, la lista prosigue, entre la caricatura y la indecencia.

¿De qué sirve el jaleo? El instante de mayor lucidez en la vida de un escritor es justo aquel en el que descubre las limitaciones del talento, la irremediable condena de la pequeñez. El anonimato, el olvido son la Ítaca del esclavo de la pluma, del lápiz. Ni Homero ni Dante ni Salinger ni Borges tienen un destino diferente: con suerte gozan de una prórroga. La mayor parte de los libros publicados este año, el venidero y el anterior será mancillada por el moho, por las polillas. Repito: ¿de qué sirve el afán de atraer el fogonazo del flash? A fin de cuentas, bendito el poeta capaz de nombrar quebrada a la quebrada; al amor, muerte; al cuerpo, lenguaje; al canto, estridencia.


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