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Opinión / NOVIEMBRE 15 DE 2023

De venezuela para el mundo

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César, Freddy, María, Eduard, proceden de localidades próximas a Barinas, capital del estado del mismo nombre, antes emporio agrícola y ganadero, cuna del difunto tirano, victimario de su país, pleno llano venezolano. Arribaron al Quindío en diferentes momentos, tres, cuatro, cinco años atrás, guiados por el instinto y por experiencias de amigos o allegados, cuando resultó imposible sobrevivir en su patria de origen. Antes del caos social y económico de la era Chávez-Maduro, la referencia que ellos y la mayoría de sus coterráneos tenían de nuestro país, se limitaba a conocer y tratar con vecinos, varios de estos bien acomodados, prósperos, socialmente bien avenidos, quienes mucho tiempo antes habían anclado allí, llegados de diversas regiones de Colombia, buscando fortuna. Claro, otros lazos étnicos, culturales, musicales -vallenatos y llaneros-, deportivos -fútbol, béisbol-, o del mundo del espectáculo, obraban desde siempre entre las dos nacionalidades. De hecho, Freddy, a quien el sistema de salud que hoy pretende liquidar el predador local, salvó de perder una de sus piernas -a cero costo a cargo del paciente-, afirma ser hijo no reconocido de colombiano, y apreciar los rasgos de laboriosidad y emprendimiento demostrado por los “neogranadinos”, como aún se nos llama en ciertas regiones.  

Ella, exlíder chavista, reclama haber obtenido para su comunidad, para sí misma, a través de una abnegada gestión, a la cual dedicó sus mejores años y esfuerzos, viviendas dignas que por desgracia, debido al éxodo masivo de sus habitantes, hoy día poco valen. -Fue desgastante y a la larga, frustrante; expresa.   ¿Qué sentido tuvo tanta lucha, tanta sumisión al comandante y a su régimen. Mi familia está rota para siempre, desperdigada por el mundo, obligada a renunciar a todo lo suyo para sobrevivir. Mi casa ha sido violentada en más de una ocasión; se llevaron todo cuanto valía.  

Freddy, el ya citado beneficiario de nuestro sistema de salud, anota: -yo siempre fui buen trabajador. Tuve una herrería donde empleé gente bien paga, con herramientas, motos muy buenas, aunque mi mayor gusto es la agricultura. Cuando decidí venir a Colombia, dejé un cultivo de 11.000 matas de plátano y banano. Ya era imposible conseguir combustible, a ningún precio, para las motobombas de riego y demás insumos químicos. Cómo entender que mientras tanto, buques tanques llenos salían para Cuba y otros países cargados de crudo y refinados… ¡regalados!

Eduard, sobrino del anterior, el más joven del grupo, poseedor de especial talento y disposición para aprender cuanto oficio existe, añade: -apenas adolescente, llegué a establecer mi propio negocio de comidas rápidas; me iba bien, tuve buena clientela, hasta cuando todo decayó.  

César es el pensante, el analítico del grupo; “hijo” del bolivarianismo. -Nos descerebraron desde la escuela. Tejieron otra historia, nos metieron política, odios, veneración por Chávez y su revolución… Mientras los jóvenes colombianos aprendían sobre computadores, programas y aplicaciones, a nosotros nos inyectaban socialismo. Por eso la informática nos asusta, no crecimos con eso. Con el cuento de la crisis, hicieron pedazos las familias, los grupos de amigos. Fuimos obligados a escoger entre bandos enemigos, entre enchufarse al régimen con la trampa de los claps o aguantar hambre. Por carencias y escaseces de toda clase, se acabaron, la alegría, las reuniones familiares o de amigos; la falta de combustible nos recluyó, nos aisló. La salud se redujo a médicos cubanos sin equipos de diagnóstico o medicinas. Las empresas cerraron; no conseguían materia prima ni tenían a quién vender sus productos. ¿Ustedes no se dan cuenta que los llevan por el mismo camino?
 


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