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Opinión / JULIO 25 DE 2012

Del estupro al estupor

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

  Quizás consiga culminar su mandato. Hechos de gravedad inusitada tras dos años de reiterados fracasos lo dejan golpeado; aún no tambaleante. En nuestro sorpresivo país, renuente al buen juicio, no se descartan reencauche de imagen e incluso reelección. Pero el daño infligido a Colombia por el gobierno en curso durante este lapso de deslealtad (traición, para algunos) con idearios, mentor político y electorado; de maromas politiqueras, debilidad y titubeo; contramarchas e incertidumbres; amistades perversas y errores descomunales, es enorme.

En el mediodía del mandato, a punto de cargar sombras a la espalda, el balance, en oposición a su informe al congreso, poco y a pocos satisface. Nadie exige de un presidente infalibilidad o permanente acierto; nadie espera transformaciones al instante o repentinos caudales de miel. Sin embargo, el acumulado de acciones u omisiones traza rumbos divergentes del discurso; es la realidad a la vista, a la percepción de todos; y ahí le va mal, definitivamente mal a Santos; peor a sus gobernados. No tenemos un mejor país con relación al recibido de Uribe; por el contrario, sentimos un país extraviado, sin dirección, en deterioro.

 “Prometer para meter y después de haber metido no cumplir lo prometido”, recitan con sorna los profesores de derecho penal. Coloquial pero exacta definición de estupro, delito sexual difícilmente imputable hoy, cuando meter ya no requiere promesas. Ganas, audacia y buena dosis de cinismo, bastan. Bajo el supuesto de continuidad ideológica, política, y de objetivos, el candidato Santos, para colmar su aspiración de poder, además del anotado haber del seductor, obtuvo el decisivo guiño y respaldo de su exjefe cuya aceptación popular, para desespero de políticos y comunicadores huérfanos de poder desde la nefasta era Samper, permanece en las cúspides. Estupro electoral: prometer para hacerse elegir; después de elegido…

 Bruscos virajes anunciaron en su inicio un viaje azaroso: cogobierno con enemigos de Uribe, ventilación artificial para partidos agonizantes, en detrimento del suyo, para minimizar oposición y asegurar reelección; declaratoria de conflicto interno a cambio de amenaza narcoterrorista pregonada durante su desempeño como ministro de la defensa; retrovisor con pretextos de anticorrupción, amistad con favorecedores externos del terrorismo, denunciados por él mismo en el pasado, enamoraron a ingenuos y encendieron alarmas en quienes lo eligieron.

Desde entonces, los pasos en falso del presidente y su equipo no cesan: lento e ineficaz manejo de la crisis invernal, infraestructura a paso de tortuga, sistema de salud agonizante, fallidos proyectos legislativos (reforma a la educación superior) o leyes promulgadas sin aplicación posible (Ley de Víctimas, Marco para la Paz), en cuya gestión se sacrificaron principios y se abrieron abismos jurídicos.

Capítulo aparte, la iniciativa, trámite, y aprobación de la malograda reforma a la justicia, constituida en el más vergonzoso episodio en la historia de los contubernios entre las tres ramas del poder, luego de ser objetada por el presidente ante la censura general, y archivada mediante maniobra inconstitucional. La cabeza del ministro Esguerra, el mismo de Samper, rodó con deshonor.

 A cada explicable sensación de desconcierto, sigue otra de estupor ante los presidenciales resbalones: el fiasco de la onerosa e insustancial Cumbre de las Américas, donde los ausentes forzaron la agenda; el fracaso en la campaña de su leal vice por la dirección de la OIT (una posterior crisis de salud logró el objetivo no conseguido por su jefe: silenciarlo), para luego, con el funcionario en cuidados intensivos, proponer la eliminación del cargo; la cómplice intervención en los asuntos internos de Paraguay inducida por su amigote bolivariano… no caben tantos yerros, tantos desatinos en una columna de prensa. Un Departamento del Cauca en desmadre, sin ley ni orden, helicópteros y aviones abatidos, consejos de seguridad a escasos metros de los

retenes subversivos, soldados agredidos por la turba indígena furibunda, transportes petroleros en llamas, no son pesadillas surrealistas. Es la prosperidad democrática de Santos.

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