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Opinión / AGOSTO 16 DE 2023

Delincuencia de exportación

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Interrogante o airada exclamación; la frase de cajón con la cual inicié mi nota anterior, cabe de nuevo para resumir en breve sentencia nuestra realidad, a la luz de sucesos de la semana anterior: ¿¡Qué bajo hemos caído!? Otras, complementos de la anterior: ¿puede caer más bajo aún una sociedad, país, nación, sin arriesgar su integridad, preservando los fundamentos de su existencia? ¿Tenemos conciencia los colombianos de la gravedad y consecuencias de la caída al vacío en la cual nos encontramos, y de quiénes son los responsables de la debacle ética generalizada?

Cómo lesionan el ánimo colectivo actos horrendos de compatriotas al interior del territorio nacional cuyos móviles se relacionan con narcotráfico, minería ilegal, financiación de grupos armados ilegales -“impuestos”, es el nombre asignado al secuestro, a la extorsión, etc., a estas atrocidades, desde la era Santos-, o los sucesivos escándalos presidenciales -nadie se atreve, en cambio, a nombrar como se debe los frecuentes eclipses del personaje-. Pero peor carga de culpa colectiva soportamos, cuando salen al conocimiento del mundo, hechos de inaudita monstruosidad como el asesinato de Fernando Villavicencio, opcionado candidato a la presidencia de Ecuador, según todos los indicios, a manos de una banda de sicarios que deshonran nuestro ser nacional.

¿Hecho aislado, casual, anecdótico, apenas? Jamás. Un eslabón más, especialmente trágico, de una cadena ignominiosa cuyo inicio habría que buscarlo muy, muy atrás. 

¿Desde qué momento histórico, cómo, por qué, comenzó a joderse Colombia? ¿Cuándo y de qué manera tocaremos fondo?

Si se intentara precisar el comienzo de la tragedia, tendríamos que aludir a sucesos de luctuosa recordación como el llamado “bogotazo”, violenta reacción popular ante el asesinato del caudillo Gaitán en abril de 1948. A partir de aquella fecha aciaga, han venido ocurriendo hechos ingratos, erosivos de la paz y del desarrollo económico: aparición de guerrillas, primero, de inspiración partidista, reactivas a agresiones mutuas entre facciones políticas históricas; luego, imbuidas de ideología comunista- socialista, gérmenes de las autodefensas, del paramilitarismo reactivo, su contraparte, ambos bandos cumpliendo acciones delictivas comunes, atrocidades incalificables; y desde recientes décadas, guiadas por la codicia, incursas en macronegocios ilícitos: narcocultivos, narcotráfico, etc. La aparición de estos últimos factores, desestabilizantes, transversales a toda actividad política y económica, de enorme capacidad corruptora, sumada a la propensión hacia el delito, hacia el dinero fácil, de amplios sectores sociales, más sucesivos perdones, amnistías, negociaciones, han contribuido al caos actual. Por citar apenas algunas de las actividades ilícitas que estigmatizan la nacionalidad colombiana: contrabando, en boga antes de la internacionalización del comercio, el cultivo y tráfico de cannabis, coca, amapola; el sistema de estafa gota a gota, extendido y explotado por colombianos en la mayoría de países latinoamericanos -algunos ya lo penalizan-, estructuras delictivas dedicadas a la extorsión, al secuestro, exportados también a países vecinos, el sicariato, nueva modalidad de delito multinacional, liderado por bandas colombianas, autoras de crímenes tipo magnicidio y de lesa humanidad. La última modalidad: el asesinato de líderes políticos, entre los cuales ya se cuenta un presidente en funciones -Haití- y el ya citado candidato a la presidencia de Ecuador Fernando Villavicencio. Así las cosas, presentar un pasaporte colombiano en los puestos de inmigración del mundo, genera prevenciones, cuando no franco rechazo.


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