Opinión / MARZO 21 DE 2021

Depresión Covid

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Era de esperarse que en este punto en el que la prolongación de la pandemia, la segunda ola, posibles rebrotes y las discusiones y demoras alrededor de la vacuna, estuviéramos abocados a sumar una serie de pérdidas que tienen que ver con bienes tan preciados como la  salud, la cercanía con los seres queridos, el trabajo, la tranquilidad o la seguridad económica. 

Estos duelos generan un agudo sentimiento de incertidumbre, confusión, temor, impotencia o desvalimiento que cobran factura en la vida de las personas y hacen difícil imaginar el futuro con posibilidades, sueños o proyectos. No saber cómo y cuándo se recuperarán está relacionado con la dificultad para organizar acciones que sean verdaderamente efectivas para poner en marcha la vida social, proteger la salud y reactivar, por ejemplo, actividades de estudio y trabajo. 

Unidas estas condiciones exógenas, constituyen uno de los estresores sociales más fuertes que hemos sufrido como colectividad y se convierten en factores de riesgo para muchas dolencias mentales. Para el prestigioso psicoanalista argentino Juan David Nasio, los efectos emocionales de la pandemia han generado lo que ha  denominado depresión Covid que tiene unos síntomas distintos a la versión clásica cuya emoción principal es la tristeza que inhabilita para la acción.  

Por un lado tanta frustración provocada por las restricciones, las privaciones y la sensación percibida de no tener bajo control aspectos fundamentales de nuestra vida como la posibilidad de contagiarse, morir solo en el hospital o contaminar a otros, lleva a acumular niveles muy altos de angustia que se traducen en una “tristeza  ansiosa y atormentada” como la describe el doctor Nasio.

Igualmente, en este cuadro otro síntoma tiene un protagonismo mayor y es la rabia y sus múltiples manifestaciones como la ira,  irritabilidad, estallidos de cólera, intolerancia y hostilidad, entre otros. Muchas veces esta emoción se proyecta en reclamos hacia el gobierno, el manejo de la situación, los miembros de familia con los que se convive o los compañeros de trabajo. La persona percibe amenazada su seguridad y tranquilidad por las decisiones de otros. Se siente una especie de escepticismo desesperanzador que lleva a la exasperación y luego al cansancio y a la fatiga. Esta línea de emociones, pensamientos y acciones es lo que a la larga genera en algunos un estado depresivo.

La complejidad de estos cuadros es que estos estados experimentados de manera casi continua acaban extendiéndose también hacia los demás afectando muchas áreas de funcionamiento individual, familiar y laboral.  

Por esta razón, aunque tenemos mecanismos de adaptación que nos permite afrontar con éxito las crisis, es muy importante atender con intervenciones concretas y efectivas a estos afrontamientos que hace nuestra psique frente a situaciones específicas para que no nos tome ventaja y en cambio sí nos permita salir fortalecidos y superar los estados de vulnerabilidad emocional y mental que provocan las situaciones con alto impacto en el funcionamiento vital de las personas.


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