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Opinión / MARZO 13 DE 2024

Desde Cerro Ancón (1)

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Antes del salto aéreo de escasos setenta minutos, hacia el destino previsto, un cateo antinarcóticos en El Edén. Tomas de rayos X, descalzo y de cuerpo entero en cámara especial, triple revisión minuciosa del maletín de mano, firmas en documentos, todo bajo temperatura de bochorno, sin aire acondicionado ni ventiladores, son parte del incómodo trance. Cuántos habrán salido de este cuarto, no hacia el gigante volador que aguarda en plataforma su carga humana, sino rumbo a una prolongada reclusión. ¿Sospechó el patrullero de mi soledad septuagenaria, de la escueta explicación acerca del propósito del viaje: pasear, respondí, y del casi nulo equipaje? Bueno, es su trabajo. El mío, durante los siguientes cuatro días, será hacer propio el poema, Itaca, de C. Kavafis, sustraerme de angustias terrenales de poca monta, y disponer la dualidad mente-cuerpo, al disfrute del azar. 

Al istmo panameño, en lejana época -años 80-, destino de varias incursiones cuando era rentable hacer compras en la zona libre del puerto de Colón, recibirlas luego en el aeropuerto Tocumen, e ingresarlas a Colombia como equipaje o carga, no venía desde mediados de la década de los noventa. En aquella ocasión, dejado de lado el comercio, destinamos unos días al turismo, incluida una grata visita familiar a San José, Costa Rica, en autobús de línea. El presente 2024 promete varios destinos; quise regresar al, para mí, ombligo, centro de gravedad continental, como lo es realmente Panamá, para observar en vivo los promocionados avances del país, hoy día con doble canal interoceánico, heredero de extensos terrenos especialmente aptos para macroproyectos mixtos, habitacionales, industriales, de comercio, y de la dotación infraestructural en la cedida franja canalera, antes bajo dominio gringo. Una acertada decisión tomada el mes anterior, luego de consultar destinos externos directos desde el aeropuerto quindiano, tarifas de baja temporada, y la complicidad con mi pareja de hijos maravillas, permitieron realizar el antojo. 

Mañana diáfana, casco antiguo de la ciudad, donde he captado imágenes a gusto. Al lado opuesto de la ensenada, envuelta en leve bruma, Punta Paitilla erizada de rascacielos; henos ahora dos lugareños y un colombiano, compartiendo un escaño de parque, los tres con edades por encima del séptimo tramo, bajo la sombra de árboles centenarios, posibles testigos de enfrentamientos armados entre bandos partidistas, previos a la separación de Panamá, antes de firmarse la paz que dio fin a la Guerra de los mil días, año segundo del siglo anterior. Tres voces Intentando recoser con retazos el olvidado por penoso episodio. 

El entorno de construcciones restauradas con respeto y esmero dignos de emularse, y el diálogo espontáneo en respuesta a mi comentario, expresado vía telefónica y escuchado por ellos, mientras leían prensa impresa, sobre la nostalgia que suscita el recordar que alguna vez fuimos una sola nación, nos llevan a evocar sucesos agridulces del pasado común. Léanse y compréndanse bien los hechos objetivos que llevaron a la triste escisión: Primero: a bordo de un navío de guerra de Estados Unidos, el acorazado Wisconsin, fondeado en aguas panameñas, todavía colombianas, el gobierno conservador pactó la paz nacional con los rebeldes liberales, poniendo fin a sangrientas e inútiles guerras civiles, a instancias del similar norteamericano, quien obró como promotor-garante de excepción. Hasta aquí, lo validado y para todas las partes, satisfactorio. A poco, no obstante, ocurre lo impensable. Traición simple y llana del gobierno de EE UU, claman unos; decisión pragmática ineludible, arguyen otros.


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