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Opinión / JUNIO 02 DE 2024

Diatriba contra la papaya

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

A veces Morfeo me juega malas pasadas. Me hace soñar que estoy en un superspa tropical, ubicado en una isla paradisíaca, alejado del bullicio humano, rodeado de flora y fauna supercalifragilisticaexpialidosa. De repente, una jovencita asiática menuditica que luce una coronita de flores en la cabeza y me ofrece sus servicios. Acepto gustoso. La mujer me amasa con profesionalismo y me deja el cuerpo como costilla deshuesada. Después, comienza a aplicarme una mascarilla en la cara. De repente, un aroma nauseabundo invade mis sentidos: es olor a vómito. Intento contener las arcadas, pero el aroma es cada vez más intenso. La suavidad de mi cutis se ve opacada por el hedor. Despierto gritando. Mi sudor huele a vómito. La pesadilla aún está fresca en mi mente. Puedo sentir el olor en mi nariz. Me levanto de la cama y me miro en el espejo. Estoy tropicalmente pálido.

La naturaleza está llena de plantas y animales que nos advierten para que sepamos que no debemos metérnoslos en la boca. El zorrillo, por ejemplo, es conocido por emanar un olor nauseabundo cuando se siente amenazado. Las ranas más venenosas del mundo tienen pieles de colores llamativos que advierten a sus depredadores. Estos olores y colores son un mensaje inequívoco al potencial agresor: ni lo intentes, que te mato.

En ese orden de ideas, yo me pregunto: ¿por qué no resulta suficientemente disuasivo que una fruta huela a vómito? ¿Qué más debe hacer la papaya para evitar que nos la comamos? A las ranas y al zorrillo les entendemos. Si una rana hablara español, nos diría: “tengo rayitas amarillas, soy muy venenosa, ni me toques”…

Cuando Dios creó la papaya, seguramente esperaba que entendiéramos el mensaje y la usarámos para hacer champú y cremitas humectantes. “Ahí se las dejo, hijos míos, es para que conserven la piel y el pelo como Monica Bellucci. Le voy a poner un olor asqueroso para que sepan que no es pa comer”.

Escuché una teoría que dice que es el ácido butírico, un químico encontrado en pies con mal olor y en vómito humano también está en la papaya. Yo sé que tiene muchas vitaminas y antioxidantes, pero nada, absolutamente nada, justifica ese olor, esa viscosidad, ese sabor. Cada vez que me acerco a un puesto de frutas y veo que hay una papaya abierta, intento cerrar mis vías nasales y paso a toda velocidad, antes de que ese olor me golpee como una ola de vómito tropical.También detesto esa habilidad que tiene de hacerse pasar deliciosísimo mango en una ensalada de frutas o en un salpicón. Cuando, por error, termino masticando un cubo de papaya, me invaden contrariadores sentimientos de engaño, derrota y asco.

Me declaro públicamente  #PapayaHater. Afronto las consecuencias de esta decisión y envío un abrazo fraterno a todos los #PapayaLovers, quienes, seguramente, tendrán el pelo más bonito y la piel más suavecita que yo.


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