l
Opinión / MARZO 12 DE 2023

Diatriba contra la remolacha

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Al imaginar el hambre que debió haber estado sintiendo el primer humano que decidió meterle un mordisco a una remolacha, siento solidaridad y compasión; las experiencias traumáticas marcan nuestra vida para siempre, pero forjan carácter. Y es que este acto, aparentemente simple, seguramente le salvó la vida… porque no creo que lo haya hecho por gusto. Me habría encantado poder estar a su lado para manifestarle mi solidaridad y cariño, y acompañarlo en su viaje. Que sintiera mi apoyo mientras, calculo yo, vomitaba hasta el pastel de su primera comunión (si en ese tiempo ya hubiese existido la religión). Le habría sostenido el pelo con gusto, para que no se untara. Incluso, lo habría ayudado a meterse el correspondiente cepillo dental por la laringe con fines «regurgitativos». Después, lo habría abrazado, habríamos llorado juntos, y, con lágrimas solidarias en mis ojos, le habría dicho, una y otra vez que “ya pasó”, que “todo estará bien”, que en la vida “unas son de cal y otras saben a tierra”. Después, con esa bella amistad consolidada, y como toda relación que aflora de una experiencia traumática, como un secuestro o quedarse atrapado en una mina junto a los compañeros en un derrumbe, le propondría ser el padrino de mis improbables hijos; pondría una foto nuestra como fondo de pantalla de mi celular, y lo llamaría compadre o comadre, según sea el caso.
 

 Considero que nadie, al menos por cortesía, por etiqueta, debería comer remolacha. Su sabor es una combinación de tierra, azúcar y decepción. Hace que las heces parezcan teñidas con sangre, una falsa hematoquecia que debería ser tomada como una señal de alerta, como hacen con los colores vivos de las ranas, que advierten sobre su veneno mortal. A todos los que comen remolacha por gusto deberían tratarlos de la misma manera que se trata a un dendrofílico, o al menos como una forma de “pica”, como llaman los expertos al consumo de sustancias que no son alimentos, como tiza, carbón, yeso o papel.

Los invito a ir a un terapeuta, amigos «remolachilovers», eso no puede ser normal. Ya me imagino la conversación:

–¿Qué te pasa, Pedro? Cuéntale tu caso al señor Freud.

–Lo que pasa es que disfruto mucho el sabor de la remolacha.

–¿Qué es lo que te atrae de ella?

–Creo que me gusta su sabor a tierra dulce y su textura como de cebolla.

Diagnóstico: parafilia vegetal.

La remolacha también es el lobo con piel de oveja de las verduras: se hace pasar por un saludable, pero en realidad es una bomba de carbohidratos y azúcares que engorda más que un cerdo en un buffet libre. «Cómaselas con mayonesa, cebolla y zanahoria, y verá», me han dicho muchas veces. Amigos: la verdad es que ya vi, y no solo vi… olí, saboreé, mastiqué, y cometí el error de tragarme esa vaina, una experiencia que me dejó un huella imborrable en las papilas y que espero jamás volver a repetir. Peace out.


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

copy
© todos los derechos reservados
Powered by:Rhiss.net