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Opinión / ENERO 12 DE 2013

Don Víctor Carranza

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  Con 162 páginas y publicado por Editorial Grijalbo, circula el libro Carranza, de Iván Cepeda y el jesuita Javier Giraldo que recoge la biografía no autorizada del esmeraldero Víctor Carranza, desde su nacimiento en 1935 en Guateque Boyacá rodeado de pobreza, hasta convertirse en el hombre temido, influyente y mega multimillonario, que lo hace figurar como uno de los más ricos del planeta.

Carranza admitió que desayunaba con el expresidente Mariano Ospina Pérez y su mujer Bertha Hernández, pero se sentía como un idiota útil; su amigo Juan Beeter Dow, condiscípulo de Misael Pastrana, lo conectó con este quien le entregó concesiones; en asocio de Isauro Murcia logró que el Tribunal Superior de Aduanas se declarara incompetente para juzgar el delito de contrabando de gemas, que dejó sin piso legal el monopolio del banco Emisor, agravado pues el contralor General Julio Enrique Escallón Ordóñez le vendió en cien mil pesos el cargo de auditor ante las minas.

Cuenta que los esmeralderos sostuvieron tres guerras: la primera a partir de la muerte del pájaro de la violencia Efraín González, por el ejército en junio 9 de 1965 en Bogotá, terminó con el cierre gubernamental de los socavones y la captura de Humberto El Ganso Ariza en 1971, con saldo de 1.200 tiroteados en Chiquinquirá, Muzo, Coscuez, Borbur y Somondoco; la segunda de 1975 a 1978, finalizó mediante acuerdo de explotación mixta de las piedras entre Estado y los comerciantes, ocasionó la bicoca de 800 cadáveres; y la tercera entre 1986 y 1990, donde mataron 3.500. Concluyó cuando Rodríguez Gacha masacró a su socio Gilberto Molina, quien lo había llevado a esas cuevas. La fiebre del polvo blanco se había mezclado con el embrujo verde de las gemas.

El general José Joaquín Matallana destapó que los mercenarios llegados en 1988 “no entraron por la puerta de atrás”, sino a través del aeropuerto Eldorado con escolta oficial al Palacio de Nariño y de allí a las fincas donde el soldado de la fortuna israelí Yair Klein dictó varios cursos. Profesor, alumnos y militares jugaban fútbol el fin de semana, mientras los de la Fiscalía disfrutaban comidas, fiestas, prostitutas y licor en la hacienda Ginebra del potentado.

El guerrillero de derecha Carlos Castaño en su libro Mi confesión confesó que coordinó el asesinato del senador comunista Manuel Cepeda Vargas, padre del autor, lo que pudo motivar el texto dedicado a miles de muertos todos impunes, solo uno lo aprisionó tres años en 1998; la nación en proceso contencioso de reparación directa tuvo que indemnizarlo y la jueza fue encarcelada por prevaricadora, dice el libro que resumo pero no comento ni amplío. Amigo lector, saque usted su conclusión, aún no tengo la mía.

Parafraseando a F. Nourissier, crítico de Nouvelles Littéraires, al comentar la novela El Chacal cumbre del escritor inglés y experro de la guerra Frederick Forsyth, si todo es falso en don Víctor, todo es “creíble” hasta la intoxicación.

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