Opinión / JULIO 19 DE 2021

El 20 de julio

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Carbonell, Lozano, Torres, Herrera, Benítez, Camacho entre otros, se reunieron en el observatorio astronómico  la noche del 19 de julio de 1810 para canalizar la creciente rebeldía de la población y el vacío de poder de la corona Española depuesta por la invasión napoleónica.  A pesar de sus diferencias frente al quehacer, acordaron reunirse con las autoridades españolas. Hacia las 10:30 de la mañana del 20 de Julio, Joaquín Camacho se presentó ante el virrey como representante del grupo para pedir diálogo con la junta a lo que el virrey se negó. Afuera en la plaza subían los ánimos que condensaban largos siglos de dominación y discriminación  que evocaban la  Insurrección de los Comuneros de 1781.  La presión popular obligó al virrey  a acceder a la reunión de la junta y exigió ser presidida por su oidor Juan Jurado, pero ya era tarde.

Reventó finalmente en la plaza la revuelta popular cuya chispa es conocida como “el Florero de Llorente”, la población reclamaba cabildo abierto y la fundación de una junta de gobierno. Mientras tanto Juan Sámano, comandante del regimiento, se puso a órdenes del  virrey para  acabar con el motín por la vía de las armas, pero ya algunos oficiales se habían pasado al lado de los insurrectos. 

Guardada las diferencias históricas este acápite de lo acontecido entre el 19 y 20 de julio de 1810 permite extraer varias experiencias útiles: 1. La incapacidad de las élites españolas en la época colonial y criollas en la época republicana de captar el inconformismo acumulado de los gobernados. 2. La soberbia de los gobernantes y su falta de disposición al diálogo y negociación para buscar acuerdos y consensos que le den salida a las crisis oportunamente. 3. La disposición de las fuerzas armadas a impedir y reprimir las protestas dándole tratamiento de orden público a los reclamos de la gente. 4. La importancia de la formación política y cultural de los líderes de la  protesta y la siempre presencia juvenil en los procesos de transformación social. 5. La necesidad de darle estructura, organización y concreción a las exigencias y reclamos.

La mayoría de analistas y comentaristas han apuntado críticas a la falta de sintonía del actual gobierno con la gente y la realidad; su política interna y exterior ha sido erradas y erráticas. En una columna pasada recordé cómo el gobierno de Duque dejó pasar de largo las oportunidades de unir al país, generar consensos y evitar el florero de Llorente del 28 de abril del 2021. Señalé su soberbia para no atender a las mingas indígenas, disipó  las reuniones con los líderes de la consulta anticorrupción que obtuvo más millones de votos que su presidencia, despreció a los dirigentes del paro del 28 de noviembre del 2019, que fue un preaviso del estallido del 28 de abril del 2021, se burló de las grandes movilizaciones de esa época con conversaciones insulsas y se sometió a los deseos del uribismo de reprimir la protesta, no negociar con el comité de paro y presentar reformas blandas de corto alcance para mitigar su desprestigio y el de su partido con miras a las elecciones del 2022.

 Nadie es tan ingenuo para no darse cuenta que todas las acciones del gobierno de aquí hasta la terminación de su periodo estarán atravesadas por el paro nacional y el estallido social de las últimas semanas que las hubiera podido evitar.


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