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Opinión / ENERO 26 DE 2014

El asesinato de Juan Pablo I

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  De Editorial Oveja Negra circula el libro En nombre de Dios del inglés David Yallop, sobre el envenenamiento del papa Juan Pablo I, a los 33 días de elegido, en septiembre 28 de 1978.

Procedente de Venecia, Albino Liciani sucedió a Pablo VI y firmó su sentencia de muerte al anunciar que investigaría el desfalco de miles de millones de dólares perpetrado en el Banco del Vaticano por su administrador el obispo estadounidense Paul Marcinkus, el cardenal francés secretario de Estado Jean Villot, y los financistas italianos Roberto Calvi, Michele Sindona y Licio Gelli, que irían a la cárcel con el papa de 66 años vivo, pero les favorecía si moría.

El pontífice nació y vivió pobre, quería que al regresar Cristo encontrara una iglesia sin mentalidad burguesa que la había corrompido transformándola en un sucio negocio, a partir del siglo IV cuando el emperador Constantino se cristianizó y donó al papa Silvestre I su fortuna que lo hizo el primer Vicario de Cristo millonario de la historia, criticado por Dante Alighieri en el infierno de su Divina comedia : ¡Ah Constantino, cuánta miseria has causado, no por hacerte cristiano, sino por la dote que el primer papa rico aceptó que le entregaras!

Su baja presión lo obligaba a tomar Efortil al que agregaron una cucharadita de digital, droga que causa la muerte en forma tal que un examen externo del cadáver lleva al facultativo a dictaminar que la muerte fue de infarto. Es claro que esa presión arterial es un seguro de vida que tiene el paciente, distinto sería una hipertensión. Ya que ningún medico quiso certificar el motivo del deceso, la victima quedó sin partida de defunción.

Para lograr impunidad, el secretario de Estado, como papa encargado, no permitió la autopsia y antes de que Juan Pablo I expirara ya había llamado a los embalsamadores que realizaron su trabajo de inmediato, violando la ley que lo prohíbe antes de 24 horas. Villot dormía dos pisos abajo, conocía atrás una escalera secreta en desuso y sabía que lo iba a cambiar por el cardenal Benelli.

La Curia con ayuda de la prensa logró se creyera que Luciani era simplón, casi un idiota, enfermo, cuya elección había sido errada y su fallecimiento un alivio misericordioso, como cuando los Borgia. Magistrados cayeron baleados, Sindona eliminado con cianuro y Calvi “sucidado” por ahorcamiento bajo un puente en Londres. El sucesor polaco Karol Wojtyla, —el besacemento— a todos confirmó. Triunfó la logia masónica P2, y los ladrones con olor a santidad.

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