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Opinión / NOVIEMBRE 08 DE 2023

El café de Palacio

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Llega la hora, por lo menos, de aceptar el error. Asumirlo, comprender sus catastróficas dimensiones y consecuencias para un país de cincuenta millones de habitantes, e intentar corregirlo, es otra cosa. A quienes comprometieron fe y esperanza en Gustavo Petro como redentor de oprimidos, protector de doncellas desvalidas, y desfacedor de entuertos, no les queda camino distinto, salvando reservas de dignidad, al optado por María Ximena Dussán. ¿Lo harán de similar manera, con razones explícitas de peso, poniendo el interés del conjunto social por encima de la -a esta altura, imposible-defensa política y ética del personaje? Esperemos. La veloz erosión de la imagen presidencial, incluida doña Verónica, quien danza dichosa en público mientras la familia de Luis Díaz clama por su padre secuestrado y un centenar de militares son humillados por “mordisco”, con una plebe arrodillada a la delincuencia Farc, en el Cauca, promete sorpresas.

Mas sobrevalorar el rechazo popular contra el gobierno, expresado hace diez días en las urnas y en mediciones de opinión, otorgarle desmedida importancia a las cortinas de humo del prestidigitador, en el plano de las relaciones exteriores, o en el montaje de falsos mapas de dominio regional; dejarnos cegar por los inexplicados eclipses del adicto -¿al café mañanero?-, por sus rasgos faciales de psicótico alucinado, por sus ráfagas X, plagadas de tonterías, de horrores idiomáticos, por Sarabias, Benedettis, Nicolases y sus maletas de cash y podredumbre, es trampa en la cual no podemos caer. 

Mientras lo mediático prevalezca sobre el verdadero fondo del acontecer nacional, las posibilidades de frenar la carrera hacia el abismo se diluyen. El meollo del asunto, la sustancia, aquello que debería llamar nuestra atención y provocar reacción, no ocurre en ese plano, dominado siempre por el prosaico morbo. Los escenarios donde la maldad mejor actúa, donde realmente se cuecen las habas, son: el despacho presidencial, los ministeriales, dependencias oficiales, y el Congreso Nacional. Es ahí, no en otros espacios donde se dirime la pugna entre lo hasta ahora vigente, lo establecido, en los diversos segmentos políticos-administrativos, y la “revolución” que pretende imponer el cambio por el cambio, solo por el prurito de derribar hitos, de destruir o dañar instituciones, para reinar sobre las ruinas, como cualquier tirano zurdo, erigiendo una nueva realidad en la cual el caos colectivero se imponga. Es en los recintos del poder central donde se teje la intrincada trama de la gran corrupción que deposita en cuentas particulares los recursos de reformas tributarias, del sobreprecio a los combustibles, desde donde se ralentiza o se frena el ritmo productivo del país con propósitos perversos o se emiten órdenes de claudicación de la fuerza pública a la delincuencia. Y es ahí, por desgracia, donde el radar ciudadano y el de los medios falla. En el caso particular del Congreso, máximo organismo legislativo y de control político, única instancia que podría contrapesar el poder ejecutivo, como era de esperarse, obran ahora factores de poder burocrático y de persuasión “económica” que tuercen voluntades y arman coaliciones a favor de las alocadas reformas de origen presidencial. ¿Qué alternativa nos queda a la atónita ciudadanía, al comprobar el rumbo suicida por donde transitamos?

¿Encontraremos en el poder judicial y en sus organismos, la llave de la puerta de salida que nos salve  de  la  debacle?


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