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Opinión / ENERO 02 DE 2024

El Candil

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Me estaba amarrando los zapatos apoyado en un andén y al levantar la mirada vi un café que se parecía a El Candil. Sonaba  Miles Davis y John Coltrane, como en El Candil; tenía sillas y mesas, platos rojos, amarillos y azules,  como El Candil, pero no era El Candil, y entonces comencé a sentir nostalgia. Calculé la bossa nova que había dejado de escuchar, las Malpensante que había dejado de leer, las galletas de avena con agua que me había dejado de comer, y padecí el síndrome de miembro fantasma: me dolió El Candil a pesar de ya habérmelo amputado. Lo sentí en los brazos y en las piernas, pero sobre todo en la espalda, porque en El Candil abundaban los abrazos. 

Pessoa dijo que todas las cartas de amor son ridículas y que no serían cartas de amor si no fuesen ridículas, por eso empezaré por decir que El Candil parió y juntó a varias de las personas que más he amado en la vida. Los miembros de una familia normalmente no crecen bajo el mismo techo, y nosotros éramos un rebaño de únicamente ovejas negras. Una asociación de inadaptados, de ateos potencialmente homosexuales y pseudointelectuales que filosofaban hasta de temas imaginarios. En El Candil nacieron muchas amistades, se tejieron hilos rojos, hubo dos muertes y se sintió absoluta tristeza. Era un club para almas viejas, un refugio para bichos raros con afán de inyectarse cafeína en las venas, un colchón rechoncho que no dejaba caer en el pavimento a sus mareados integrantes. Un curioso almacén de velas en donde servían café y no vendían velas. Un buen lugar para esperar el fin del mundo, el apocalipsis, la muerte; el impacto del meteorito, la erupción del volcán, el terremoto de diez grados, la caída de la luna. Parecía tener la gente correcta para burlarse de la situación y hasta disfrutarla. 

Detrás de la barra estaba la seño, Ana Débora, la jefa, la matrona, la cómplice. La lesbiana de la pañoleta, de la sonrisa noble, la indecente de los buenos modales, la terapeuta, el ícono gay heterosexual, la amiga sincera, la mamá de Fer, la amante de Claudia y de Marichú. El café del café era, y sigue siendo, una excusa para encontrarnos a darnos amor, para acompañar la anécdota, la lectura, la terapia en el diván, el desahogo, la risa incontrolable. Tomábamos café negro sin azúcar, pero también de verano, amor perfecto y fuego helado. Un día con alegría, al otro, con una lágrima en el fondo de la taza. 

Un día, El Candil estalló en mil pedazos, y de la explosión quedaron vestigios y astillas en los corazones de algunas almas huérfanas, que cuando se juntan vuelven a recordar lo felices que fueron. Con el tiempo también aprendimos que El Candil realmente es una religión que no necesita templo, porque estará en cualquier lugar en donde se encuentre la hija de María Nelly, haya café, cerveza tibia y de fondo suene un jazz.

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