Opinión / NOVIEMBRE 07 DE 2012

El caso Pedro-Juan Valencia

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  En 2005 apareció Eclipse de cuerpo, la primera novela de un autor cuya biografía saturada de fugas dignas de una película policial contrasta con la contención de su escritura.

En efecto, la nota informativa de Pedro-Juan Valencia (1974) siembra la duda de su existencia real y hace pensar en un juego similar al de John Banville y Benjamín Black, siendo el segundo el seudónimo que emplea el primero para firmar ficciones detectivescas. Valencia nació en Bogotá y fue educado por su mamá y abuela en condiciones cercanas a la pobreza. Huérfano de padre, la suerte económica de Pedro-Juan cambió con el matrimonio de su madre, una cantante de boleros de club-nocturno, con un comerciante de fortuna de origen cuestionable.

Al poco tiempo, fue enviado a un prestigioso internado en Suiza donde conoció a los vástagos de las familias más acaudaladas del continente. De allí pasó a Londres a estudiar filología clásica y a trabajar en la transcripción de las cimas de las literaturas hispánica e inglesa.

Un asunto oscuro en los negocios familiares lo llevó a abandonar de improviso la capital británica y a refugiarse en Buenos Aires. La rueda del infortunio le dio una breve tregua que aprovechó para montar en compañía de un amigo un criadero de perros de raza. Sin embargo, hasta allá lo buscaron los fantasmas del pasado obligándolo a ocultarse en algún lugar del Caribe. Como se puede ver, la vida de Valencia amén de variopinta llama la atención por la mixtura de elementos librescos y violentos.

El lío adquiere visos borgesianos gracias a la intervención del reseñista de Semana Luis Fernando Afanador. En un texto sobre Eclipse de cuerpo, Afanador recalca el carácter apócrifo de Pedro-Juan y, armado de casualidades no del todo desdeñables, sindica a Darío Jaramillo como el autor detrás de la máscara. Alude dos pruebas: la amistad del poeta con Manuel Borrás, el editor de Pre-Textos, sello en el cual apareció la narración de Valencia, y una vieja entrevista concedida por Jaramillo a un diario extranjero. En un aparte, Darío menciona Eclipse de cuerpo como título provisional para un libro en gestación. La verdad, el primer argumento carece por completo de la firmeza del segundo. No obstante, el antioqueño le resta importancia al señalamiento de Afanador.

Si todo terminara allí, el caso no revestiría mayor importancia. El siguiente giro de la tuerca lo dio en 2010 Pedro-Juan Valencia al publicar en Pre-Textos Versiones de mi vida, un extenso relato autobiográfico que en lugar de disipar las dudas, las aumenta al profundizar en los datos de la noticia de Eclipse de cuerpo y confesar, entre otras cosas, no llamarse Pedro-Juan Valencia. Ahora, el barullo no resuelto –ni Darío Jaramillo ni Luis Fernando Afanador ceden un ápice–, es interesante por el hecho de actualizar a medias la discusión del papel del autor y de si en realidad importa saberlo todo de los artistas, desde el tamaño de sus zapatos hasta las pequeñas manías.

Probablemente nunca sepamos quién diablos es Pedro-Juan Valencia ni cuánto paga en impuestos. Sin embargo, tampoco sabemos a ciencia cierta quién era Cervantes o si Shakespeare era el antifaz de una dama de la nobleza, y eso en nada empaña sus aciertos. Quedan las obras y la de Valencia, aparte del debate sobre su identidad, es amena e interesante. 

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