Opinión / MAYO 10 DE 2021

El eje fundamental

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Todos provenimos de una madre. Algunos jamás pudieron mirarla porque las circunstancias de la vida a veces son difíciles, otros hemos tenido el privilegio de reflejarnos en el mar de sus pupilas muchas veces. Hay quienes desconocen su nombre, otros, lo hemos repetido en un eco de dulzura y gratitud. Algunos estuvieron carentes de la tibieza de su abrazo y el poder sanador de su beso, otros nos hemos deleitado con su presencia que conforta, su abrazo donde cabe el universo y su beso, capaz de curar desde dolencias físicas hasta hondas heridas del alma.

Todos tenemos un vínculo místico e insustituible con un cuerpo femenino, con una mujer cuyos rasgos llevamos sobre el rostro y cuya historia, de formas a veces evidentes y otras tácitas, pinta con sus letras la nuestra. La madre, independientemente de sus condiciones y nivel de presencia en la vida, es un eje.

Primero, biológico. La viabilidad o inviabilidad de la vida de cada ser que habita el planeta, estuvo signada por una decisión. La valiente que dijo “sí” cuando germinó en su vientre una nueva existencia o la que fruto de la angustia definió la situación en un sentido contrario. La que dijo sí, sola o acompañada, en un contexto favorable o en la peor situación, logró llevar a término una de las experiencias más desafiantes para el ser femenino: el embarazo, proceso que combina condiciones orgánicas con una gama de emociones inexplicables y algunas limitaciones difíciles de asumir.

Segundo, genético. Lo tengamos consciente o no, llevamos una cantidad de elementos estéticos y actitudinales de la madre. Muchos somos su viva presencia, tenemos configurado el rostro de una manera similar y en algunos trazos de la personalidad y en los niveles de pensamiento ¡somos semejantes!

Tercero, ético y moral. Sus enseñanzas son intemporales e impactantes, en un grado que difícilmente podemos medir. Muchos -tal vez la mayoría-, hemos estructurado el carácter sobre las líneas que han dibujado las madres. Hemos construido nuestros valores, que son los que rigen las actuaciones, desde las convicciones de esas mujeres que han hecho de nosotros su obra. 

Cuarto, afectivo. La experiencia del amor tiene incontables manifestaciones, desde el romántico y sus infinitos matices, hasta el fraternal, que conforta e inspira. Sin embargo, el amor de la madre, con su incondicionalidad y firmeza, deja una huella tan honda, que estar en armonía con ella crea un oasis en la mitad de cualquier desierto y tener algún desencuentro, lo rompe todo.

Quinto, de opinión. El concepto de la madre es –y tiene que ser– orientador en muchas esferas. Entendiendo que lo que ella quiere para sus hijos es lo mejor, que la inspira la felicidad de aquellos que de ella provienen y que en sus sienes grises, se refleja una inmensa sabiduría –no la venida de la academia, sino esa que se va forjando por el trasegar de la existencia–, es valioso escucharla, discernir lo que propone y acatar sus consejos.

Sexto, espiritual. Ella fue la que juntó nuestras manos pequeñas para orar y nos sigue llevando por el camino hacia la trascendencia, desde sus convicciones y experiencia. 

La madre es un eje fundamental. Felicidades para ellas -a María Inés Manjarrés Campos-.


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